Alberga el Heineken Jazzaldia la loable tradición de despedir la multiexhibición de músicas con una ruidosa traca final que deje a los espectadores con las retinas tintineando de chispas de entusiasmo. Y en esta 43 edición, que ayer echó el telón final, le correspondió tal honor a la gran dama de los escenarios Liza Minnelli, en una fiesta cabaretera que subrayó con brillantez las largas jornadas de la 43 edición del Festival.
Rotundamente simpática y dinámica desde que entra a escena, de oscuro y lentejuelas, con su característica cinta en la frente («un día descubrí que la cinta era algo muy útil cuando canto, porque yo sudo mucho en escena y con la cinta las gotas no me resbalan por las tetas -sic-»).
Sólida banda de apoyo
Le apoyaban sólidamente hasta once instrumentistas en formato de gran banda, dirigidos por el batería Michael Berkowitz. Billy Strich al piano, Thomas Hubbard en la guitarra bajo, los trompetistas Ross Konikoff y Dave Trigg, el trombonista Clint Sharman, los saxofonistas Frank Perowsky, Gerry Niewood y Ed Xiques, Bill Hayes en la percusión, la guitarra de Bill Washer, Rick Cutler en los teclados y los coristas Johnny Rodgers, Alexander Cortes, Martina Tiger y Jim Caruso (de casta le viene al galgo).
Desgranó de entrada la tentadora estrofa de 'Teach me tonight', que parece ser una oportuna invitación para que cada cual la pueda interpretar a su manera. Liza demostró desde los primeros compases que canta mucho, que aquella maravillosa voz que enamoró al mundo hace décadas le sigue fluyendo espléndida ahora, con sus 61 años cumplidos, aunque se nota que ya no puede subir ni alcanzar las altas cumbres tonales de antaño.
Se presentó como mujer feliz (con sus cacareados kilitos de menos que gusta de destacar en cada ocasión que se le ofrezca) antes de entonar 'My Ship-Man I love you' y bromear a continuación con una dama yanqui que le proporcionó en su día la dieta sana: Sara Lee, título de su siguiente canción y la marca de una conocida empresa de bollería.
Después, las bromas las realizó sobre terrenos un poco más resbaladizos al presentar 'Old friend / Living alone & I Like', que tratan temas muy íntimos: las relaciones sentimentales y la soledad. Sabido es que la Minnelli ha pasado por hasta cuatro matrimonios oficiales y cuatro divorcios posteriores, más una larga lista de ligues. La hija de los cinematográficos Judy Garland y Vincent Minnelli recordó después a su amado progenitor en 'My Own Best Friend'. Como viene repitiendo desde hace años, su familia original está en el cielo y ahora su verdadera familia es el público.
Recuperada de un pasado oscuro, marcado por las adicciones, está operada -y en más de una ocasión- de rodilla y costillas. Así que le debe venir de perlas sentarse en un alto taburete para seguir entonando un poco más relajada. De tal guisa cantó la esperanzadora 'Maybe this Time'.
Y, dado que no debíamos olvidar que nos encontrábamos en la programación de un festival de jazz, pareció más que apropiado que entonara su suave 'He's Funny That Way', con la banda de retirada y el solo acompañamiento en escena del piano y del contrabajo. Fue una bella muestra de que Liza May Minnelli no sólo protagoniza números teatreramente 'music-hall', sino que sabe transmitir también sensibilidad cantora y asomarse incluso a las influencias del género negro.
Y, como esperado colofón a la primera parte del show, explotó brillante, familiar y divertido el tema central de la película 'Cabaret', la gema de la corona artística de la dama, con arreglo de banjo y la estrella cantora brillando con fuerza sobre las tablas de un auditorio donostiarra en entusiasta ebullición. Era ese el momento esperado como punto de inflexión de este Festival y la ceremonia funcionó a la perfección.
Tras el merecido descanso, el recital cambió de lógica en la segunda parte para ser protagonizado por quien Liza ha dicho que fue su mayor influencia vital, su madrina Kay Thompson, compositora y amiga íntima de su madre, en cuya casa vivió desde que murió Judy Garland, cuando Liza tenía 22 años, hasta su fallecimiento en 1998.
Entre bailarines
El ambiente fue 'old fashion', con la Minnelli en elegante traje oscuro y cuatro cantantes-bailarines, también trajeados, interpretando con humor las coreografías de Ron Lewis. El show ganó enteros y la estrella bailó de un modo tan suelto que pondría de infarto al cirujano que le remendó repetidamente la osamenta.
Desgranó las composiciones que su madrina pensó para el cine ('Hello, Hello'; 'Jubilee Time', 'Basin Street Blues', 'Clap Your Hands', 'Liza' -canción de 1946 que inspiró a los padres de la cantante para ponerle el nombre-, 'I Love a Violin, Mammy'). Y ofreció de guinda el no menos esperado 'New York, New York', su canción que popularizó por Frank Sinatra.
Con un tercer cambio de ropero y en grácil traje con las piernas al aire, sudó profesional la diva, siguiendo el ritmo de sus chicos, y aprovechando para su espectáculo hasta los momentos de agotamiento, cuando se apoya en los bailarines, integrando en el show su propio cansancio. Quien fuera la entrañable Sally Bowles de 'Cabaret' se despidió, íntima, con un 'I'll Be Seeing You', a capella. Quien tuvo retuvo.