El Puente Colgante disfruta desde 2006 del reconocimiento internacional que le confiere su declaración como Patrimonio de la Humanidad, pero para los vizcaínos siempre ha sido objeto de orgullo y admiración. Buena prueba de ello es la réplica a escala más exacta que se conserva de la estructura, construida por una veintena de alumnos de la Escuela de Aprendices de Altos Hornos de Vizcaya hace la friolera de 63 años. Con motivo del 115 aniversario del transbordador más antiguo del mundo, EL CORREO ha logrado reunir a cinco de aquellos entusiastas jóvenes.
Jaime Urkizu llega media hora antes a la cita en el Museo Marítimo de Bilbao, donde la réplica descansa desde 2004. Está nervioso porque, a sus 81 años, se va a reencontrar con compañeros a los que no ha visto en décadas. «Nos hemos reunido los alumnos que inauguramos la escuela en 1941, pero quienes en realidad construyeron la maqueta fueron los de la segunda y tercera promoción, con los que ya había perdido el contacto», explica.
Urkizu sólo colaboró en el diseño y planificación del proyecto. Nicolás Larburu, entonces profesor de dibujo, y el perito Fermín Aldecoa engendraron la idea. «Estudiaron minuciosamente los planos originales para elaborar dibujos sobre planchas a una escala de 1:50 metros» matiza Urkizu.
Dos años de montaje
En 1943, los alumnos de calderería, bajo la supervisión del profesor Pedro Goikoetxea, empezaron a fabricar las piezas una a una. El proceso se prolongó dos años. «Hicimos los perfiles, las réplicas de las vigas, con chapas que moldeábamos hasta que tuviesen forma de 'U'», recuerda Julio Escribano, que cuando se jubiló en 1995 era el trabajador más antiguo de una empresa que cerró apenas un año después.
El ensamblaje resultó lo más complicado. «Trabajamos como chinos», bromea Luis Urtasun. Tuvieron que hacer miles de cálculos e incluso dominar las técnicas de la geometría descriptiva para que cuadrasen todas las piezas, «y los agujeros milimétricos para ensamblarlas». «Utilizamos 7.777 remaches en miniatura, de cobre, para poder moldearlos sin calor», puntualiza José María García.
Para facilitar el montaje, separaron las torres «por caras, porque era imposible unir las cuatro planchas de abajo a arriba». El resultado fue «espectacular». «Hicimos una piscina que, gracias a un motor, imitaba el movimiento de las olas», recuerda el electricista Emilio Crespo, uno de los últimos en sumarse al proyecto. Incluso construyeron un barco con grúa que también se desplazaba por el agua.
La barquilla se movía entre ambas márgenes, aunque sus creadores vieron con pesar que ya no lo hace. «A la maqueta le han quitado el motor y las taquillas de embarque que tenía la estructura en los 50», lamenta Julio Escribano. En lo que todos coinciden fue en su perfecto estado de conservación, «a pesar de ser de chapa y de todos los avatares que ha vivido». De hecho, durante 20 años, fue el mejor reclamo de promoción internacional que tuvo el Puente Colgante. «Estuvo expuesta hasta en México», presume Urkizu.
25 años abandonada
Sin embargo, su luz se apagó tras el cierre de la escuela en 1969. La maqueta quedó abandonada en su vitrina dentro de una sala oscura hasta que la dirección de Patrimonio de la Diputación la rescató del olvido a mediados de los 90. Todavía pasarían otros dos años de espera en un almacén de Barakaldo antes de ser restaurada para exponerse de nuevo en el aeropuerto. Hasta que en 2004, la empresa gestora del transbordador la trasladó al Museo Marítimo, donde hoy vuelve a mostrarse en su máximo esplendor.