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Sociedad

27.07.08 -

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«El niño nos ha devuelto la vida»
Rafael y Amaia juegan con el pequeño Haimar en su vivienda adaptada de la localidad vizcaína de Zaldibar. / IGNACIO PÉREZ
La vida de Rafael Acedo (Eibar, 1972) se paró una tarde de hace cuatro años cuando decidió ir a repostar gasolina. Su coche se salió de la calzada en una curva de Ermua, en una popular zona de paseo conocida como 'Hambre', y fue a caer al río desde una altura de cuatro metros. «En ese momento ya supe lo que me había pasado», recuerda en su casa de Zaldibar. «Vi mis pies uno encima del otro, no los sentía». El diagnóstico fue 'aplastamiento de médula espinal'. Parapléjico. A partir de entonces tuvo que volver a aprenderlo todo en la Unidad de Lesionados Medulares del Hospital de Cruces. Pasó más de medio año ingresado por el accidente con frecuentes infecciones de orina y complicaciones que, confiesa ahora, «me hicieron desear la muerte».
Pero decidió luchar. Comenzó a mejorar y a aprender a valerse por sí mismo gracias a la ayuda de la doctora Jáuregui y su equipo de enfermeras, que son para él «como de la familia». Ellas le hacían mover sus paralizadas piernas en el gimnasio; le ejercitaban sus brazos con juegos de pelota; le enseñaron a manejarse con la silla de ruedas; a coger cosas, a realizar labores cotidianas... Con el tiempo llegó a ser completamente autónomo. Amaia, su mujer, lo resume con claridad: «Mi marido no es una carga, se vale perfectamente por sí mismo».
Tratamiento
La historia de esta pareja es la clásica de unos chavales de quince años que se conocen en las fiestas de Ermua, se gustan, comienzan a salir y deciden iniciar una vida juntos. Conviven desde hace veinte años. Antes del accidente habían pensado en tener hijos. El accidente sólo fue un punto y aparte. La minusvalía de Rafael no les arredró. Se informaron y la doctora Jáuregui les habló de la técnica existente en Cruces para 'estimular' a hombres que han quedado paralizados de cintura para abajo. Se decidieron al año siguiente de que él quedara discapacitado.
«Después de las pruebas de fertilidad concluyeron que los dos podíamos tener hijos -explica Rafael- y decidí ponerme en manos de la doctora». En ningún momento desfalleció ni se sintió violento con las técnicas a las que se vio obligado a someterse. «¡Qué va!», exclama. «No sólo por el clima de confianza que se había creado entre nosotros sino porque cuando quieres un hijo lo demás no te importa. Tú no sientes nada», explica sin rubor alguno, «ni vergüenza ni timidez porque quieres que te ayuden a ser padre». Tras analizar la calidad de sus espermatozoides y comprobar que los había en número adecuado, el equipo de Cruces continuó con el tratamiento.
Amaia cumplió un programa de inseminación articial para poder quedarse embarazada. «Yo también me sometí a pruebas y a un control y estímulo de la ovulación para que hubiera más posibilidades de acertar». Al tercer intento, la inseminación artificial aplicada a Amaia dio sus frutos. El 27 de agosto del año pasado Rafael y su mujer pudieron acariciar al pequeño, después de dos años de tratamiento. «Este hijo nos ha dado la vida y la alegría», coincide la pareja.
A quien todo el proceso de recuperación de Rafael y el proceso para convertirse en padre le pueda parecer duro y en algunos momentos suficiente para tirar la toalla es porque no conoce a Haimar, nacido hace 11 meses. Es un pequeño alegre que gatea por la casa adaptada de esta familia, mientras juega con los globos de colores de las fiestas de Ermua.
«A mí me han gustado siempre los niños, mis primos pequeños me volvían loco, jugaba con ellos a fútbol o a lo que sea, íbamos a la playa...», cuenta Rafael. En sus pensamientos se veía con su hijo en las aguas de Lekeitio chapoteando con él, «aunque ahora todo es distinto, claro», añade con resignación. Un punto de nostalgia se asoma a sus ojos. También sabe que nunca podrá llevarlo en bicicleta, pero Rafael es un hombre positivo y se repone pronto. Recuerda que en la misma playa de Lekeitio hay unos carros que permiten a las personas con minusvalía adentrarse en el agua. Además, la ciencia avanza tanto que «nunca se sabe.»
Este padre orgulloso no tiene ningún problema para cuidar a su hijo: lo acuna, ayuda a su mujer a cambiarlo, vestirlo y lavarlo y asegura con humor que incluso el niño es más bueno y tranquilo con él que con ella. Incluso, siguen viajando como les gustaba. Se compró sin ningún temor un coche un año después de su accidente y con él ya han recorrido más de sesenta mil kilómetros por toda España.
Sin duda, lo peor en esta historia con final feliz fue la búsqueda de una vivienda adecuada, que tuviera pasillos amplios para la silla y un baño adaptado. No lograron ayudas suficientes del Ayuntamiento de Ermua para continuar con su vida en ese municipio y tuvieron que cambiar de domicilio. Encontraron su actual vivienda en Zaldibar, aunque los dos mantienen su deseo de residir en el pueblo donde se conocieron.
¿Y el futuro? El futuro pasa por otro hijo. «Estar en una silla de ruedas no impide que seas padre. Las personas en mi situación tienen que animarse, porque puedes cuidarlo y educarlo igual que cualquier otro». A la espera de que los tribunales le indemnicen por su accidente, Rafael y Amaia proyectan ya ampliar su familia. «Vamos a por todas», dicen animados. Volverán a Cruces y lucharán por tener otro niño. «Le llamaremos Jon Ander».
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