Los activistas de ETA ya no alquilan vehículos con documentación falsa, ni pasan desapercibidos largas temporadas en una vivienda, tomando todo tipo de precauciones para no despertar sospechas; ni organizan una sólida red de pisos refugio. Según los expertos de la lucha antiterrorista, si algo ha vuelto a poner de manifiesto la desarticulación del 'complejo Vizcaya' es la falta de pericia de los detenidos y la precariedad con que ejecutan los atentados, lo que los vuelve más peligrosos, pero también más vulnerables a la persecución policial.
El talde sobre el que pivotaba hasta ahora la capacidad ofensiva de ETA estaba liderado por un joven, Arkaitz Goikoetxea, que había elegido como centro de operaciones el piso de veraneo de los padres de su novia, Maialen Zuazo, un inmueble situado en la localidad riojana de Ezcaray, donde veranean cientos de vascos. Por si fuera poco, buena parte de sus colaboradores eran, simplemente, los amigos de su cuadrilla de Getxo, un hilo del que la Guardia Civil y la Policía francesa han tirado a fondo, porque no es la primera vez que da resultados.
En vísperas de la operación policial de esta semana, el ministro del Interior, José Alfredo Pérez Rubalcaba, había subrayado que, a diferencia de lo que ocurría en los tiempos de José Luis Urrusolo Sistiaga o de Rosario Delgado Iriondo, por citar a dos activistas con largos historiales a sus espaldas, cada vez transcurre menos tiempo entre la irrupción de un comando y el momento en que las fuerzas de seguridad lo neutralizan. Esa celeridad se explica, en parte, porque las nuevas generaciones de terroristas proceden de la 'kale borroka' de los años noventa, y las fuerzas de seguridad ya los conocen. Pero también son decisivos los errores de bulto que cometen en sus atentados.
Por ejemplo, en el vehículo que apareció en enero de 2007 en el valle vizcaíno de Atxondo, próximo a un bidón cargado con 100 kilos de explosivo, la Ertzaintza encontró las facturas de unas compras que los activistas habían efectuado con sus propias tarjetas de crédito. A los seis meses de aquella operación, uno de los jóvenes que había logrado huir fue detenido por la Policía en la estación de autobús de Santander a causa de un descuido incomprensible, teniendo en cuenta que el activista se movía en la clandestinidad. Se identificó ante los agentes con un carné de identidad falso, pero no se había aprendido de memoria los nombres que figuraban en el reverso. Cuando le preguntaron cómo se llamaba su padre, no supo qué decir.
En medios de la lucha antiterrorista explican que, actualmente, los jefes de los comandos a veces no tienen más remedio que captar miembros entre los amigos, entre otras razones, porque una persona no del todo conocida quizá sea eficaz como activista, pero es menos 'fiable' frente a las infiltraciones policiales.
Temor a los 'topos'
El temor que inspiran los 'topos' es un indicador de la debilidad de la organización. Así pudo comprobarse en julio de 2004, cuando la Policía autónoma detuvo en el monte Urkiola a dos etarras que sobrevivían a duras penas en una tienda de campaña porque no se atrevían a pedir ayuda. Sólo tenían la ropa que llevaban puesta y presentaban síntomas de desnutrición.
Ambos habían participado el año anterior en una emboscada contra una patrulla de la Ertzaintza en el alto de Herrera (Álava). Un compañero del talde recibió un disparo y murió desangrado, mientras que un agente resultó herido, pero ellos lograron huir a Francia. Posteriormente, regresaron a Vizcaya, y la Ertzaintza los localizó en Urkiola al ponerse en contacto con una colaboradora que estaba siendo vigilada.
Las problemas de ETA para tejer sus redes de activistas ya se apreciaron en el verano de 2001, cuando una joven etarra murió al estallarle la bomba que manipulaba en una urbanización Torrevieja (Alicante). La chica y su novio se habían trasladado al Levante español para emprender una campaña de atentados. Ambos aprovecharon el piso de veraneo de los padres de él. Como ocurrió en Ezcaray.