El emperador visitó la provincia británica en 122. Venía de fortificar las fronteras del Rin, donde había estado cerca de un año y, tras recorrer las llanuras de Bélgica y Batavia, cruzó en una barcaza la estrecha franja de los mares del Norte, donde vio nubes rosáceas y gigantescas, imaginó un Neptuno más fiero que el suyo, un mundo de infinitas aguas y evocó a los Titanes. Aquellos exiliados en una isla cerca del Ártico tras su derrota ante los Olímpicos eran «cautivos de la roca y de la ola, eternamente sometidos a los latigazos de un océano sin descanso, nunca reposados, para siempre consumidos por su angustia». Siguieron desafiando las leyes olímpicas, mientras ardía su perpetuamente crucificado deseo.
Así describe Marguerite Yourcenar las reminiscencias del emperador en la travesía invernal que le llevaba a Londinium, la Londres romana. Su 'Memorias de Adriano' ha acuñado con tal universalidad su retrato que la exposición que se ha abierto esta semana en el Museo Británico comienza en una antesala donde se recuerda la novela de la escritora francesa y se registra su rigurosa documentación sobre el personaje y su tiempo. La exposición tiene por título 'Adriano, Imperio y conflicto'. Es un guiño evidente a la actualidad, porque una de las primeras decisiones del protagonista de la muestra fue retirarse de Mesopotamia, la actual Irak, que su tío y predecesor, Trajano, había ocupado, extendiendo el poder de Roma más lejos que en niguna otra época de su historia y fomentando también su inestabilidad.
Imágenes de olivares y una vitrina con ánforas ocupan lugares privilegiados en la primera parte de la exposición. Hijo de un senador de la provincia Bética, Adriano, como Trajano, era de Itálica, vecina de la Hispalis sevillana. Formaban parte de la oligarquía imperial en sus dominios; en su caso, su poder se derivaba del comercio del aceite, esencial para la comida, la lumbre, la limpieza, lubricante imprescindible de la economía romana.
La exposición describe sumariamente los problemas en la administración del Imperio que Adriano hereda. El joven militar que se ha formado intelectualmente con una proclividad hacia la sofisticación de Grecia cultiva sus amores homosexuales y es una viajero incesante. Nadie como él recorrerá sus provincias para conocer de primera mano la situación e introducir reformas.
El Muro
En Londinium decide la construcción de una frontera para separar su poder de las tribus hostiles, los bárbaros de Caledonia, la hoy Escocia. La construcción de lo que hoy es conocido como el Muro de Adriano, que va de costa a costa en el norte de Inglaterra, fue una gran obra de ingeniería en un reinado que también fue prolijo en la promoción de la arquitectura. La obra del Muro se convirtió también en otra cosa.
«Los cavadores de trincheras de la legión recibieron ayuda de la gente local. La construcción de ese muro fue para mucha de aquella gente de la montaña, tan recientemente sometida, la primera prueba irrefutable del poder protector de Roma: su paga fue la primera moneda romana que tuvieron en sus manos. Esa muralla se convirtió en el emblema de mi renuncia a la política de conquista», decía Adriano, según Yourcenar. Al marchar hacia España -acortó su viaje para embarcar en Cádiz, camino de África, donde se extendía una nueva revuelta- Adriano anotó, en el cuaderno de Yourcenar, que todo le encantó en esta tierra lluviosa: «Los jirones de neblina en la ladera de las montañas, los lagos consagrados a ninfas más salvajes que las nuestras, sus habitantes melancólicos y de ojos grises».
Britania le recuerda ahora, bajo la cúpula de la vieja Biblioteca Británica, quizás inspirada en su panteón romano. Son 180 objetos, prestados por 28 museos de medio mundo. Es, como ocurre a menudo con estas exposiciones de grandes museos que, como el Británico, tienen una colosal colección permanente, una muestra impresionista, el breve bosquejo de una vida y de un tiempo. Su mayor mérito es quizás que incita a nuevas búsquedas.