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Sociedad

26.07.08 -

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Cabo de Creus, el salvaje Este
Un trenecito turístico, en Cadaqués.
El método paranoico-crítico de Dalí se puede ejercitar estupendamente en Cadaqués, pues el pueblo no se ha librado de otra nueva plaga ibérica: los carricoches turísticos con forma de trenecito. Hay uno que sale delante del casino y va hasta Port Lligat, a la casa de Dalí, y al faro del Cabo de Creus. Al viajero no se le ocurren las ventajas del trenecito, pero sin duda debe de tener una fascinación oculta, al menos entre algunos turistas y concejales. Con el descapotable, por una carretera preciosa, el viajero y su primo se van para allá. Port Lligat también está en obras. Alguien se está haciendo una casita con vistas y ya están poniendo aceras. En la playa de la casa de Dalí hay un chiringuito muy moderno, nada de cañas y barro. Hay cola para entrar y los primos, que no son de museos donde haya que hacer cola, siguen hasta el Cabo de Creus. Como es una reserva integral protegida, donde está prohibido pararse y alterar la fauna, enseguida ven gente arrancando flores en las cunetas. Es que es culpa de los carteles, que dan ideas.
Los viejecitos norteamericanos que han cogido el trenecito llegan al faro del Creus vapuleados por las curvas y el viento, como si estuvieran en el salvaje Oeste. En realidad es al revés, es el punto más oriental de España. Como verá el viajero, la costa mediterránea es una sucesión de superlativos. Cada día se topará con uno, y no siempre bueno, hasta el punto más al sur de Europa. El cabo de Creus es muy bonito, un lugar donde dan ganas de fumar, aunque uno no fume, por eso del infinito. En la puerta del faro, inaugurado en el reinado de Isabel II, ahora hay un cartel curioso de otra señora. Es de una sedicente practicante diplomada de un tal método Grinberg: «Buscando nuestra esencia ¿cómo acercarnos a ella? Nuestra esencia brilla, pero generalmente la tapamos con la personalidad o patrones aprendidos a lo largo de la vida». Luego anuncia un cursillo en el pueblo: «Habrá una parte de análisis de los pies y otra parte de trabajo corporal a través del tacto. Reservar hora». Al viajero le gustaría ir a tocarse los pies en busca de su esencia, cosa que ya hace viendo la tele y le riñen en casa, pero debe seguir camino.
Al lado del faro hay un bar acogedor. A buenas horas, pensará el farero allá donde esté, ya jubilado, tras comerse años de soledad. Quién sabe lo que hubiera dado entonces por un bar. También es restaurante, ponen a Bob Marley y hay platos al curry. El viajero y su primo piden unas cervecitas. También patatitas. «¿Chips?», precisa el camarero. Y unas aceitunitas, pero trae un plato para un regimiento. Se supone que para poder cobrarlo. Total, 8,50 euros. El viajero piensa absorto que aquello son, o eran, más de 1.300 pesetas. En la barra hay otro señor nostálgico que debe llevar tiempo fuera, porque pide emocionado la botella de Anís del Mono. El viajero y él examinan juntos la etiqueta comentando el dibujo. Hay quien ve en el mono, o lo que sea ese extraño ser precursor de Rondador Nocturno, el careto de Darwin. Sería una burla al sabio, que en aquel entonces anunció su teoría de la evolución de las especies. El mono del anís sostiene un pergamino con una frase: «Es el mejor, la ciencia lo dijo y yo no miento». Ahí aguanta desde 1870, como el faro. Menos mal que hay mitos que no caen. Aunque siguen detrás de Darwin.
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