Con el ajo se quitan las verrugas. También es bueno para combatir el colesterol y para reducir la presión arterial. Actúa como antibiótico, previene el cáncer y es un bálsamo contra el estrés y la depresión. Si uno lo come, no le pican los mosquitos y hasta alivia el reuma. Algunos dicen incluso que es afrodisíaco. Igual es por eso que ayer, arrastrados por el intenso aroma del condimento, grupos de blusas hiperhidratados a base de kalimotxo coqueteaban con vendedoras jóvenes. Ellas sonreían coquetas y ellos buscaban dobles sentidos picantes cuando hablaban de ristras y olores. Pero las chicas morenas, de coleta larga y verbo ágil, no se arrugaban y respondían atrevidas. Y al final, el tonteo acaba bien. El blusa cortés se lleva una ristra imprevista, la vendedora lista cobra 15 euros, y la mañana continúa al grito de: «¡Venga, que tengo el ajo barato, el que sabe se aprovecha!».
Naturalmente, la escena se producía en la tradicional feria de los ajos que cada 25 de julio embriaga la calle San Francisco y Portal del Rey. En la atmósfera también campaban los cánticos festivos, la música de charangas y el calor picante que presagiaba cambios. Un año más, miles de personas acudieron al lugar, más a cumplir con una tradición que a cubrir una necesidad.
Por el tamaño
Dos ristras cuelgan del hombro de Fulgencio, vitoriano cumplidor. «Venimos todos los años», dice, «pero no compramos para nosotros, sino para los abuelos». Él y Conchi se surten en el supermercado porque «antes, cuando cogíamos aquí, siempre se nos acababan pasando. Así que ahora compramos cuando necesitamos». Pero sus padres «quieren seguir con la tradición». Para elegir el género no tienen muchos trucos, «el tamaño, y que sea rojo», dice él. Ella ríe descreída, «sí, rojo y de Corella. Y ya es bueno. Un cuento chino».
¿Cómo saber si un ajo es bueno? Lo cuenta Pilar Nieto, vendedora de Rincón de Soto: «Que sea rojo, esté durito y se pele bien». Luego vienen las diferencias de calidades y tamaños que, como siempre, se reflejan en los precios oscilantes, que ayer iban de los doce a los quince euros. También dice Pilar que es mejor no pasarse con el acopio, «aguantan bien hasta Navidad. Por eso se dice 'en enero, la ruina del ajero'. Lo que no está vendido ese mes, malo».
A vender llegaron gentes de Cuenca, de Corella, de La Rioja, de Pedrola, de Palencia, de Plasencia, de Córdoba... Algunos, como Ángel Giménez, son fieles desde hace 30 años a la cita vitoriana. Llegó desde Palencia y, año a año, nota que cae el número de puestos. «Es por el engorro de los permisos», dice. Pero de la afluencia de gente y de las ventas no se queja. ¿Y del producto? «Este año hay menos ajo, por las lluvias». ¿Y la calidad? «Excelente».
-Es lo que tiene que decirme.
-Y lo digo totalmente en serio. ¿Cuántos te vas a llevar?