A Fernando Grande-Marlaska no le extraña que ETA le tenga en su punto de mira. Este magistrado bilbaíno de 45 años, que desembarcó en la Audiencia Nacional en 2005, tras haber ejercido catorce años en Bilbao y otros dos más en un juzgado de instrucción de Madrid, se ha caracterizado por ser el azote de Batasuna y de ETA, y por defender las posiciones jurídicas más rigurosas contra las actividades del entramado 'abertzale', un mundo que él conoce bien.
La popularidad de Grande-Marlaska se empezó a gestar hace tres años, cuando ocupó temporalmente la plaza del juez Baltasar Garzón, que viajó a Estados Unidos para abrir un paréntesis de catorce meses en la Audiencia Nacional. Su sustituto, casado con un filólogo euskaldún, se dio a conocer enseguida entre los medios de comunicación, pues mantuvo en el Juzgado Central número 5 un estilo tan controvertido como el de su predecesor, que le había recomendado para ese puesto.
Es el primer juez que encarceló al líder de Batasuna, Arnaldo Otegi, junto con otros dirigentes de la formación ilegalizada. Auto tras auto, imposibilitó el retorno de la formación abertzale a la vida pública e inició la investigación penal contra el Partido Comunista de las Tierras Vascas (EHAK), al considerarlo su sucesor.
Aunque su destino en la Audiencia Nacional era provisional, el magistrado continuó prestando sus servicios en ese organismo después de que Garzón volviera de Estados Unidos. Tras un corto intervalo, ejerció en la Sala de lo Penal durante un tiempo y después pasó al Juzgado Central número 3, donde está destinado actualmente. En todo momento ha aplicado a rajatabla sus puntos de vista, sean populares o no, una forma de actuar que conocen bien los juristas de Bilbao, donde ejerció con brillantez como juez de instrucción y como magistrado de la sección sexta de la Audiencia provincial. En la capital vizcaína, incluso quienes discrepan de sus resoluciones le profesan un gran respeto profesional.
La hoja de servicios de Marlaska contra ETA y su entorno político es contundente, a pesar del poco tiempo que lleva en la Audiencia Nacional. Actuó de forma rigurosa contra las 'listas pantalla' que la izquierda abertzale utilizó en las citas electorales e instruyó la causa que impidió al etarra Iñaki de Juana Chaos abandonar la cárcel, una posibilidad que desencadenó un gran escándalo mediático. También exhibió la misma firmeza contra la red de extorsión de ETA asentada en el bar Faisán de Irún, investigando incluso al dirigente peneuvista Gorka Agirre.
No se 'ablandó'
La declaración de alto el fuego de la banda terrorista no llegó a 'ablandar' al juez vasco. Marcó distancias respecto a Baltasar Garzón, que, en cierto modo, le había encumbrado profesionalmente en Madrid y que era más proclive a modular la presión judicial en función de los avatares de las conversaciones de paz emprendidas por Zapatero.
Después de que el diálogo quedara enterrado bajo los escombros de la terminal de Barajas, Grande-Marlaska se ha destacado como el magistrado menos complaciente con las calles dedicadas a terroristas, hasta el punto de ordenar, en contra del criterio de sus compañeros, la retirada de las placas como medida cautelar.
Ayer, cuando le preguntaron cómo se sentía, se limitó a contestar que estaba «tranquilo» y que nada le sorprendía. No es la primera vez que aparece en los papeles de ETA. En 2000, cuando ejercía en Bilbao, otro 'comando Vizcaya' había registrado sus movimientos paso a paso. Los terroristas le consideraban un «protector de fusilamientos» porque, tres años antes, había archivado unas diligencias por la muerte de dos etarras en un enfrentamiento con la Guardia Civil ocurrido en la capital vizcaína.
El talde que quiso matarle entonces causó una gran conmoción en la sociedad vasca al asesinar en 2001 a José María Lidón, magistrado de la Audiencia de Bilbao. Según sus colegas, Marlaska cambió a partir de ese crimen. «Antes era garantista, comedido, muy consciente del uso proporcionado del Derecho», aseguró uno de ellos.
En 2003, decidió trasladarse a Madrid, a un simple juzgado de instrucción, porque «estaba hastiado, cansado de que ETA monopolizara todas las conversaciones», según el testimonio de una persona que conversó directamente con él. Cinco años más tarde ha vuelto a ser un objetivo del 'comando Vizcaya'.