L a política española había vivido, formalmente hasta ayer, cuatro legislaturas consecutivas de implacable confrontación entre los dos principales partidos; de una confrontación en la que cada cual no buscaba tanto ganar al otro como aniquilarlo, sacarlo de escena, desterrarlo de la España de tales o cuales valores. Ayer no se produjo un milagro. Se produjo, sencillamente, lo inevitable. La política da pocas oportunidades para hacer lo que se quiere, por eso Zapatero y Rajoy representaron aquello a lo que estaban obligados. Fue el reconocimiento de que una estrategia de confrontación continuada durante tantos años conduce a la extenuación de los contendientes.
Aunque, empujados por la necesidad, ambos representaron en La Moncloa un guión superpuesto al de la distensión. Optaron por dejar atrás argumentos que ya no les rentaban -¿qué renta les habrá reportado hasta la fecha la escandalosa politización de determinados órganos judiciales o del poder judicial?- o que generaban una airada contestación en la sociedad -como era el caso del desencuentro en materia antiterrorista- y decidieron acotar un nuevo terreno, el de la crisis económica, para convertirlo poco menos que en la reserva ideológica o de oportunidad para la disputa partidaria durante esta legislatura. Si nos atenemos a lo manifestado por el presidente y por Rajoy al término de la reunión, da la sensación de que es Rodríguez Zapatero quien opta por la reserva ideológica y el presidente del PP por la de oportunidad. Pero, en cualquier caso, el resultado puede ser desastroso a menos que atemperen al máximo el tono de su disputa pública.
Durante los últimos cuatro años, socialistas y populares han mantenido su encarnizada pugna sobre temas que en la mayoría de los países democráticos son casi intocables. La estrategia contra el terrorismo -incluido el '11-M'-, la organización territorial del Estado o el funcionamiento de órganos constitucionales han sido vapuleados sin compasión para extremar las posturas de cada cual y así ganarse la fidelidad de los incondicionales.
Hasta tal punto que parece increíble que el país haya salido indemne de batalla tan sectaria. Pero ahora que todo anunciaba un tiempo de sensatez compartida, y quizá porque se ha demostrado incierto el vaticinio de que nos encontrábamos en el fin de la historia, van los contendientes de las últimas generales y optan por desmentir que frente a la crisis sólo cabe una única política económica. O que, cuando menos, es conveniente que sólo exista una. Después de sus vacaciones Zapatero y Rajoy deberían volver a reunirse durante otro par de horas, porque ayer salieron diciendo que no están de acuerdo en materia económica. Pero no dijeron ni por qué no lo están ni en qué están más de acuerdo. Porque es de suponer que en algo coincidirán.