Arkaitz Goikoetxea Basabe, considerado el 'coordinador' del comando desarticulado ayer, sólo tiene 28 años, pero lleva casi la mitad de su vida en la violencia. Desde que era menor de edad. La Ertzaintza le acusa de haber participado en numerosos actos de kale borroka de 1995 hasta 2005, entre ellos el ataque con botellas incendiarias contra una patrulla en Portugalete. En esa última fecha, cuando estaba llamado a declarar por una 'ekintza' por la que el fiscal le pedía 31 años de cárcel, se perdió su pista y cruzó la muga. Dos años después y, al parecer tras ser adiestrado en explosivos por el jefe militar de ETA, 'Txeroki', Goikoetxea regresó a Euskadi como 'liberado' -a sueldo de la banda terrorista-. En cada uno de los al menos cinco atentados con bomba que le imputa la Guardia Civil ha dejado de algún modo su huella -el más grave costó la vida en Legutiano al agente Juan Manuel Piñuel-. Le identificaron por primera vez en agosto, tras la explosión contra el cuartel de Durango.
La Policía autónoma localizó su rastro en este atentado, arranque de la actividad terrorista perpetrada en estos once meses por el 'complejo Vizcaya'. Los agentes lograron reconstruir la huella digital de Arkaitz Goikoetxea (Barakaldo, 1980) entre los restos del 'Seat Ibiza', de matrícula portuguesa, que el comando había utilizado para huir de Durango tras colocar un coche bomba al lado de la casa cuartel de la Guardia Civil. Sin contar la explosión de la T-4, fue la primera acción de ETA después de anunciar en junio el fin de la tregua.
Años antes, la Ertzaintza había detenido en dos ocasiones y puesto a disposición judicial al joven por la comisión de sabotajes y algaradas. En ambos casos, quedó en libertad provisional, aunque habría dejado su rastro para la posteridad. Su ADN estaba en una capucha con la que habría atacado una vivienda en Getxo. En uno de esos actos de violencia callejera, ocurrido en Vitoria en 2000, Goikoetxea sufrió la explosión del cóctel molotov que manipulaba, lo que le amputó un dedo de una mano, cerrada ayer por las esposas de su arresto.
Por la tapia trasera
Un mes después de atentar en Durango, fue de nuevo reconocido en el ataque contra la comisaría de la Ertzaintza de Zarautz, cuya tapia trasera no dudó en saltar para llevar a cabo el atentado. La cadena de acciones terroristas siguió en noviembre, con la colocación de dos bombas que no estallaron en los juzgados de Getxo, aunque el 'talde' sólo avisó de una -la otra estuvo horas en una papelera hasta que fue localizada y desactivada-. La vídeocámara de seguridad delató a Goikoetxea y a su compañero de 'ekintzas', Jurdan Martitegi, en paradero desconocido y considerado el otro promotor del 'comando Vizcaya'.
A partir de ese momento, la Ertzaintza difundió la fotografía de Arkaitz Goikoetxea como uno de los terroristas más buscados. En la imagen, muestra una cicatriz en el labio superior, aunque ayer estaba solapada por una barba de varios días. Además de visto, fue oído en el atentado con coche bomba contra el cuartel de la Guardia Civil de Calahorra cometido en marzo de este año. Al parecer, el propio Arkaitz Goikoetxea se encargó de avisar por teléfono a la DYA de la colocación del artefacto, cargado con 70 kilos. En esta ocasión, los agentes en la lucha contra el terrorismo reconocieron su fuerte acento nasal.
Desde entonces, ETA ha empleado una voz distorsionada por medios informáticos para alertar de atentados, con el fin de evitar la identificación. Así ocurrió en el aviso de las bombas de Laredo y Noja.
El pasado mes de mayo, participó en Legutiano en el atentado que se le imputa de mayor gravedad. Según Interior, Arkaitz Goikoetxea era uno de los dos activistas que dejaron frente al cuartel el coche bomba cuya deflagración provocó la muerte al agente Juan Manuel Piñuel, cuando éste intentaba alertar por teléfono de la llegada de un vehículos sospechoso.
El turismo en el que huyeron los terroristas, un 'Peugeot 306', dejó varias pruebas de sus ocupantes. Abandonado en el puerto de Urkiola, no se activó el dispositivo incendiario que estaba preparado -una garrafa de gasolina y un sistema iniciador- y los agentes reconstruyeron el rastro. Había capuchas, con las que pudieron identificar el ADN, y la huella parcial de una mujer, atribuida a Maialen Zuazo, considerada su pareja.
Esta es la última evidencia que habría permitido a la Guardia Civil seguir el rastro de Arkaitz Goikoetxea Basabe hasta un piso de la calle Iturribide de Bilbao, una de las zonas con más casta de la capital vizcaína, animada por tascas con solera, bares rockeros y 'kebabs', un barrio abierto a la inmigración cada vez menos borroka y más cosmopolita.