Quien lo hace una vez repite; el camino engancha». El récord lo ostenta 'Zapatones', el peregrino eterno, que lleva más de 40 Caminos en sus piernas y ha convertido la plaza del Obradoiro en su sala de estar. Como él, muchos se ponen la mochila a la espalda una y otra vez porque encuentran en la peregrinación perpetua su paz interior. También se cuentan por miles, cada vez más, los que caminan por primera vez. No será la única.
Dos periodistas de EL CORREO nos hemos metido en la piel de los peregrinos y hemos pateado corredoiras y asfalto en las siete etapas gallegas del camino francés, el tradicional, que discurre entre Roncesvalles, en Navarra, o San Juan Pie de Puerto, Francia (etapa previa), y Santiago de Compostela, a lo largo de más de 750 kilómetros.
La histórica ruta que muere en la tumba del apóstol, descubierta en el siglo XI, irrumpe en Galicia, su tierra natural, por Piedrafita do Cebreiro, y atraviesa Lugo y un pedacito de Coruña. Para obtener la compostela, el documento que acredita que se ha culminado el camino, basta con andar 100 kilómetros. Por eso, muchos primerizos arrancan su aventura en Sarria, localidad situada a 110 kilómetros de Santiago, que se completan en cuatro días. Los albergues de la Xunta son los más concurridos. Desde el pasado 1 de marzo han dejado la gratuidad para costar 3 euros.
Una redactora y un fotógrafo de este periódico llegamos a Cebreiro, la primera aldea gallega que atraviesa el camino, el sábado 7 de junio. Empezamos a andar el domingo 8 y llegamos a Santiago, seis días después, el viernes 13 de junio. Sufrimos terribles agujetas que nos hicieron caminar como ancianos, tuvimos frío y calor, nos mojamos pese a cubrirnos con la típica capa del peregrino. Pasamos hambre y saboreamos el pan gallego untado en una ración de pulpo 'a feira'. Gozamos con la contemplación de los paisajes gallegos, rodeados de bosques de robles, hayas, castaños, pinos y eucaliptos. Nos picaron la s chinches en un albergue, nos desvelaron los ronquidos de ultratumba de algunos peregrinos y madrugamos para caminar al amanecer y coger sitio en el siguiente pueblo. Y todo, acompañados de multitud de caminantes, ciclistas, y algunos jinetes, las tres formas tradicionales de peregrinar, aunque a pie sigua siendo la predilecta. Hemos visto a una peregrina con mochila a la espalda y un bolso negro colgado del brazo, a una anciana que, en lugar de andar, corría; peregrinos en tándem, chicas italianas que se pintaban la raya del ojo y se echaban rímel en el baño del albergue de Triacastela a las seis de la mañana, antes de salir a caminar.
Sólo el año pasado, se contaron 115.000 peregrinos, cercanos a los 200.000 que, según algunos estudios, recorrían la ruta en la época medieval. El Camino estuvo muerto y resucitó en 1993, primer Año Xacobeo después de décadas. Se declara año santo cuando el día de Santiago, 25 de julio, cae en domingo; el próximo será 2010. En el 'boom' del 93, la aldea de Triacastela acogió a un millar de personas en tiendas de campaña, y tuvo que intervenir el Ejército. En 1999, 2000 y 2001, con el cambio de milenio, también se convirtió en una romería. Año a año crece el número de caminantes, la mayoría extranjeros, salvo en julio y agosto, meses de vacaciones en España. El resto del año invaden los albergues alemanes, franceses, brasileños, coreanos, italianos...
«Un negocio»
Este verano se presenta aún más ajetreado. Todos los albergues públicos se han llenado a diario, salvo el de Monte do Gozo, el más grande del camino, de 400 a 800 plazas en varios barracones. La tarde que llegamos, a las cinco, ya había 70 romeros, sólo seis españoles.
«El camino se ha convertido en un negocio», sentencia Juan Manuel, «caballero templario» con el que coincidimos en Portomarín. Surgen como setas los bares que ofrecen menús para el peregrino a 8 euros, y los albergues privados. La esencia peligra, por la masificación en verano, pero el camino aún cura, y «enseña la razón de ser al enajenado», como predica un obispo de Texas que hizo el camino desde Sarria y ofició la misa del peregrino.
Conocimos a personajes de ficción y a gente normal, y los fuimos perdiendo: Una perrita, 'Bruxa', con las patitas vendadas de tanto andar; un vecino de Almendralejo que cuidaba de que no robaran a los peregrinos; un francés que regresaba a pie y se quejaba de la invasión de los turistas, Max, un jubilado alemán al que le habían robado la cámara con las fotos del camino y un grupo de cinco mujeres de Benidorm y el marido de una de ellas, que sufrieron varias bajas. A buen seguro, todos abrazaron al santo.
Cada uno completa su camino. Los motivos que alegaban eran múltiples. Los «religiosos» de Conny, ciclista alemán que pedaleó durante 2.990 kilómetros, hasta Fisterra, u otros más triviales y comunes, como «el contacto con la naturaleza, el turismo, el deporte o la cultura» de la mayoría de romeros actuales.