ETA logró su objetivo de sembrar el caos en Noja. Aunque sin causar víctimas mortales, la banda reventó lo que se presumía que iba a ser un domingo cualquiera en la tranquila localidad costera de Cantabria. Las bombas colocadas en la playa de Ris y el campo de golf no respetaron la calma habitual. La noticia corrió como la pólvora por las calles. Más que de pánico, fue una mañana de dudas y rumores.
El primer artefacto levantó la voz de alarma al filo del mediodía. Obligó a desalojar el arenal más concurrido de Noja, que un día antes había registrado un lleno hasta la bandera. Las nubes evitaron esta vez la masacre. «Menos mal que apenas había gente bañándose. Con la playa llena hubiera sido una tragedia», trató de consolarse el vizcaíno Pablo Acera.
Algunos escucharon en directo el estallido a las 12.50 y presenciaron la columna de arena que originó. La mayoría, sin embargo, se enteró poco después. «Estábamos durmiendo y nos han llamado desde casa para saber si todo iba bien. Al principio no sabíamos ni de qué nos hablaban», reconoció el joven Enrique Ortega, venido desde Valladolid para pasar el fin de semana.
A Daniela Torres, la ofensiva etarra le arrebató los planes de la jornada. Había llegado a Noja desde Santander, para bañarse en la playa, pero se la encontró vacía y precintada. «Hasta las siete y media no tengo el autobús de vuelta», lamentó amargamente. Aunque colombiana, resultó afectada por segunda vez por un atentado de ETA desde que reside en España. «También es mala suerte», se quejó.
Sin acordonar
Pero fue el segundo artefacto, el colocado en el campo de golf de Noja, el que causó más secuelas. Una mujer resultó herida por la caída de varios cascotes y otra de la misma familia, embarazada de ocho meses, sufrió un ataque de ansiedad al observar lo ocurrido. «Estaban comiendo tranquilamente en el jardín cuando la bomba ha explotado», explicó minutos después Ceferino López, vecino de la urbanización. Aunque las víctimas no lo fueron de consideración, el ataque dejó un hondo malestar entre los residentes. La zona, según Tini Álvarez, «ni siquiera estaba acordonada». «Sólo diez minutos antes estábamos hablando tranquilamente en el lugar del estallido», denunció.
Rodeados de turistas y periodistas ávidos de información, el alcalde de Noja, Jesús Díaz, y el delegado del Gobierno en Cantabria, Agustín Ibáñez, se acercaron hasta los puntos en los que hicieron explosión los artefactos para lanzar un mensaje de «rotunda condena» hacia los atentados y mostrar un pequeño resquicio de alivio por el hecho de que, a diferencia del sábado, ayer el tiempo no acompañó. «Lo único que busca esta pandilla de asesinos psicópatas es llamar la atención alterando la normalidad de ciudadanos que sólo quieren disfrutar de la temporada estival», criticó el primer edil, que apenas daba abasto en atender las llamadas de su teléfono móvil.
Lo ocurrido tanto en Noja como en Laredo, «era algo que sabíamos que podía pasar», reconoció la vicepresidenta de Cantabria. Dolores Gorostiaga reveló que la comunidad ya se encontraba «en alerta extrema» ante posibles ataques de ETA. El primer susto tuvo lugar el sábado en Santander. Una llamada al 112 alertó de la existencia de una bomba en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. El aviso, al contrario que el de ayer, resultó finalmente una falsa alarma. «Lo único que podemos esperar es que se detenga a los terroristas y pasen cuanto antes a disposición judicial», coincidieron las autoridades.