Los siete kilómetros de extensión de la playa de Laredo -formada por los más de cuatro de Salvé y los dos largos del Regatón- hacen de este arenal el más amplio del litoral cántabro. Esa circunstancia se volvió ayer contra los cuerpos de seguridad a la hora de evacuar la zona. El objetivo de la Guardia Civil y la Policía local era despejar el paseo de transeúntes y desalojar a los vecinos de las viviendas situadas en primera línea. El día había amanecido con el cielo repleto de nubarrones que no invitaban a darse un baño, pero sí había actividad deportiva sobre la arena. En concreto, cuatro equipos de jóvenes futbolistas disputaban la final del 'Mundialito pejino', broche de la tercera edición del Festival Intercultural. A pesar de que los agentes se afanaron en guardar los más de veinte accesos a la playa y recorrieron de forma insistente el paseo de un extremo a otro advirtiendo por megafonía a la población de que cerraran las ventanas y bajaran las persianas, no faltaron personas que, ajenas al peligro, aparecían por alguna parte de la avenida haciendo 'footing'.
Psicosis
Pese todo, una hora antes de que detonara la primera de las dos bombas el arenal y el paseo marítimo estaban ya prácticamente vacíos. Una estampa inédita para tratarse de un domingo de julio. Al otro lado del cordón policial, sin embargo, la incertidumbre y el miedo se apoderaban de los vecinos. Los residentes en los chalés más cercanos al Puntal, ya en el exterior de sus casas, aguardaban expectantes detalles sobre la situación. Mientras, algunos de los propietarios de los pisos más próximos a la Puebla Vieja, también en primera línea de playa, decidieron permanecer dentro de sus hogares. La Guardia Civil había prohibido taxativamente que se asomaran a los balcones, pero la inquietud fue más fuerte que la prudencia en algunos casos.
«Estaba guisando cuando, de pronto, han reventado todos los cristales. He roto a llorar», contaba aún conmocionada Mª Ángeles Gómez, una mujer de avanzada edad residente en el segundo piso de la urbanización El Dorado, ubicada frente al lugar de la explosión. Eran las 12.10. Las primeras informaciones apuntaban que había un segundo artefacto, pero se desconocía en qué zona. La psicosis se extendió como el intenso olor a pólvora que dejó tras de sí la detonación. «Seguro que disfrutan viéndonos sufrir», bramaba Adrián Alonso, vecino de Bilbao. Además de una densa humareda negra, la deflagración «llenó de arena» los balcones, y resquebrajó los cristales de los cuatro edificios que componen El Dorado, de cinco alturas cada uno.
Dos horas más tarde, la angustia de los vecinos era insostenible. La segunda bomba estallaba a 200 metros de la primera explosión y hacía saltar por los aires la caseta de la Cruz Roja. «Ha sido atronador, me he escondido tras una ambulancia», relataba Fernando Pérez.
«Es muy triste que actúen de esta manera, colocando bombas en un municipio cercano geográficamente y amigo de los vascos», enfatizó el alcalde de Laredo, Santos Fernández Revolvo.