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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

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ciclista del euskaltel-euskadi

Asegura que Gerrans le «engañó» al jurarle que no iba a poder disputar la etapa

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Egoi Martínez: «He cometido un error enorme»
Egoi Martínez, en la ascensión final a Prato Nevoso. / EFE
A Egoi Martínez se le atascaba la voz. «Yo tengo palabra de persona. La cumplo. Otros no», maldecía. Cabeceaba. El rostro pespunteado de barro. De sudor. De decepción. «Gerrans me ha engañado». El locutor oficial del Tour lanzaba a los Alpes el nombre del ganador. Y no era el suyo. Le escocía. «A 50 kilómetros de la meta, ha empezado a decirme que no iba, que no tenía fuerzas, que no podía disputar la etapa», repetía el ciclista navarro. Dolido. Por caer en el engaño y por la oportunidad perdida. «Diga ahora lo que diga, él quedará para siempre como el ganador. De mí, del segundo, no se acordará nadie». Otra vez en el anonimato. Y mortifica cuando uno se sabe el más fuerte de la escapada. Eso es lo peor. «He cometido un error enorme. Y lo he pagado muy caro». Dos ojos. Una lágrima de decepción y otra de rabia.
El ciclista del Euskaltel-Euskadi tiró a por la primera etapa alpina desde el inicio. Llovía. Y esperaba el frío en la subida al Agnello. Como los inviernos en casa, en Etxarri-Aranaz. Otro navarro, el viejo Arrieta (Ag2R), le siguió. Le conoce. Le ha visto creer. Son vecinos. Y, como pasa a veces con la cercanía, no se hablan. Se cruzan a diario en los entrenamientos. Ni mú. Cada uno por su lado. Menos ayer. Juntos hacia el Agnello y acompañados por el australiano Gerrans, un pillo con velocidad, y el estadounidense Pate, un tallo.
Era una fuga consentida. Por el pelotón y por el destino. Tuvo el viento a favor y también la caída de Pereiro, la que paralizó al grupo. Vía libre. Cruzaron la puerta de acceso a Prato Nevoso con once minutos de crédito: a un minuto por kilómetro de subida. De sobra. Para pedalear y pensar a la vez. Ganar es un objetivo y también un hábito. Egoi no lo tiene: en su palmarés lucen el Tour del Porvenir y una etapa en la Vuelta. Bueno, pero escaso. Sin remate. Y se precipitó: colocó un desarrollo brutal a siete kilómetros de la meta. Arrieta, su vecino mudo, se fundió. Bien. Una cuenta saldada. Pate, el largo americano, se le pegó. «No me importaba, sabía que era lento. Es un ciclista pesado», calibraba Egoi. Al peso.
Confiado
Gerrans, a veinte metros, parecía perdido. «Cuando se ha quedado no me he preocupado de él. Tenía que haberle alejado, pero... Me he confiado». El argumento de una derrota. El ciclista del Euskaltel miró hacia delante. Olvidó la retaguardia. Gerrans, zorro, les cogió cuando le convenía. Cerca ya de la meta. A tiro para su velocidad. «No lo esperaba», repetía Egoi. «Gerrans viene de la pista, es rápido. Pero es que me había dicho que iba mal». Ya. En los 200 metros finales iba en avión. «Es mi mayor decepción como ciclista», maldijo Egoi. Gerrans entró con sonrisa de vendedor. De motos.
Eso era Simon Gerrans hasta los 17 años. Piloto de motos desde niño. Hasta que se dejó una rodilla en el Campeonato Regional de Victoria. Los médicos le impusieron una rehabilitación en bicicleta. Le fue bien. Motero a pedales. Así llegó a Europa. A un equipo noruego primero y luego a uno francés. De inquilino en pensiones. A buscar oro. Ocho meses lejos de casa. Un tipo así no frena. Ni se frena. «No voy bien, descuida», le repetía a Egoi Martínez. Cebo. Y con ese anzuelo sacó al navarro de la que pudo ser su etapa. «Me engaño». Y le ganó.
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