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Álava

21.07.08 -

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774 alaveses han registrado su testamento vital con sus últimos deseos clínicos
es atendido por un familiar en una residencia de la capital alavesa. / BLANCA CASTILLO
Morir sin sufrimiento, a ser posible en casa y rodeado de los seres queridos. Éste es el deseo más común de los 774 alaveses que ya han registrado su documento de últimas voluntades en el Departamento vasco de Sanidad. El registro de testamentos vitales del Gobierno autónomo se abrió en abril de 2004 con las instrucciones para el final de sus días que habían depositado en el Ayuntamiento de Vitoria desde 2001 cerca de un centenar de ciudadanos. A partir de entonces, no cesa el número de alaveses que se animan a expresar por escrito qué cuidados médicos quieren que les apliquen y cuáles no en caso de encontrarse en una situación crítica e irreversible e incapacitados para expresarse.
«Los documentos de últimas voluntades han aumentado de manera constante y van a más», subrayó el responsable del registro vasco, José Luis Vidal. A su juicio, la «mayor información y sensibilización» hacia estos temas explica el goteo constante de documentos. Familiares y médicos sabrán de esta manera en el instante que sea necesario si el paciente había dejado claro que no quería que le prolongaran de forma artificial la vida o si deseaba cuidados paliativos en casa.
En el conjunto del País Vasco se habían registrado 3.733 testamentos hasta la pasada semana. Los más animados son los guipuzcoanos, que firman 1.535 de estos documentos. Los vizcaínos, que cuadriplican en población a los alaveses, han rubricado tan sólo 1.435 escritos de esta índole.
Aunque no existe un perfil de la persona que registra las instrucciones para su despedida, los datos permiten saber quiénes son las personas más sensibilizadas. Así, dos de cada tres inscripciones lleva nombre de mujer. En Álava, el registro custodia los documentos de 535 féminas, frente a 239 de varones. «Posiblemente eso se explique por el rol de cuidadoras que han desempeñado», dice Vidal.
Porque cuando una persona ha vivido situaciones duras como el final prolongado de un ser querido y ha tenido que tomar decisiones difíciles se plantea hacer un testamento vital. «Muchas veces uno tiene cónyuge y tres hijos y cada uno piensa una cosa. Se encuentran ante un dilema emocional. Por eso es bueno organizar una buena despedida y decidir. Así otros no se vean obligados a ello», defiende el responsable del Registro Vasco de Últimas Voluntades.
También es habitual que sellen estas instrucciones personas a las que se les ha diagnosticado una enfermedad degenerativa o terminal, y que aún en plenas facultades quieren facilitarles las cosas a allegados y sanitarios.
A partir de los 45 años
Por todo esto, la edad más habitual a la que una persona reflexiona y decide dejar por escrito las indicaciones para sobrellevar mejor su final se sitúa en la franja entre los 45 y 65 años. La tercera parte de estos documentos la suscriben mayores de 65 años, y el 24% tiene un titular de 18 a 45.
Casi todos los que firman un testamento vital nombran a un representante que será su interlocutor con los médicos a la hora de interpretar sus principios. También es habitual, detalla José Luis Vidal, que en los testamentos se solicite una analgesia para aliviar el dolor y sufrimiento en la última fase de la vida.
Las personas que sellan los documentos de últimas voluntades procuran que si es posible el control de sus síntomas se haga en si propio domicilio. Incluso, si el entorno familiar es propicio, desean morir en casa.
Otra de las peticiones repetidas, agrega el responsable del registro, es la de renunciar a determinados tratamientos y técnicas terapéuticas que sirven de muy poco ante una situación irreversible. En estos casos optan por los cuidados paliativos «si eso no supone un alargamiento de la agonía», relata Vidal. Y de paso, un elevado porcentaje de firmantes expresa también su deseo de donar órganos y tejidos si fuesen útiles para la asistencia sanitaria.
«En general estas personas se sienten bastante aliviadas al planificar los cuidados que desean y los límites que toleran», resume José Luis Vidal. «Se quitan un peso de encima y creen que se lo quitan también a sus allegados al evitarles tener que tomar decisiones en situaciones muy complejas y difíciles». De esta manera quienes en su día se sintieron culpables por decisiones que tuvieron que adoptar en nombre de otros ahora pueden evitar que lo mismo ocurra con ellos.
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