Desde hace días el Tour amanece cada día crucificado. Clavo aquí: como el positivo de Riccó. Clavo allá: como el de Beltrán o el de Dueñas. Y cada mañana le toca desclavarse para rodar como ayer 182 kilómetros entre Narbona y Nimes. Rodeado de público, y también de dopaje, por todas partes. «A ver si se acaba cuanto antes», deseaba uno de los ciclistas. Harto de otro Tour a medio encender. Oscuro incluso en días como ayer: azul de principio a fin.
Terpstra, el último de los fugados, es del Milram. De maillot azul. El color mayoritario. A diez kilómetros del final pedía ya lo que no tenía: fuerza. La tramontana parece un viento usado, cálido. Va de la tierra al mar. Seco. Asfixiante. En contra ayer. A Terpstra lo barrió con Nimes a la vista. Es una ciudad romana. De coliseo. De gladiadores. Arena y cielo. Azul. Igual que el maillot de Krauss, el celeste del Gerolsteiner. Entró en Nimes como en la arena del anfiteatro. De frente. Ahora, el coliseo hace de plaza de toros. Y a Krauss, que iba en el pelotón, le empitonó una señal de tráfico, clavada en mitad de la ruta. Volteado. Su bicicleta acabó en tres pedazos. De cristal. Ahí saltó el rojo de la sangre. Pero el día seguía de azul.
Así viste el Columbia. El equipo de Cavendish. El color de la velocidad en este Tour. «Es un chaval atento, que siempre tiene una palabra amable. Pero en el último kilómetro se vuelve loco. Tan loco como los pilotos de las carreras de motos», define su director, Rolf Aldag. Cavendish es un tipo insular, de la Isla de Man. Se hizo ciclista solo. Trabajaba en un banco por la mañana y se entrenaba en el velódromo por la tarde. Llegó a ser campeón del mundo en la prueba de 'americana'. Invirtió su adolescencia en el ciclismo. Este año han subido sus acciones: la de ayer fue su cuarta victoria. Y con 23 años. Hay que remontarse a 1977, al alemán Thurau, para encontrar un dorsal más precoz en la carrera gala (cinco triunfos con apenas 22 años).
Sin oposición
«Mi ídolo es McEwen», repite. Otro loco. Ayer, el australiano fue su víctima, como Feillu, Haussler y Freire. El cántatro es líder de la regularidad, del maillot verde. Con 184 puntos. Pero ya tiene con 156 al velocista de la nueva generación, al azul Cavendish. «Aquí siempre gana el mismo», lamentó el triple campeón del mundo. Cierto. Cavendish parece intocable. Va de azul. Y Nimes es la ciudad azul. De aquí sacó Levi Strauss la sarga, la tela con la que inventó los pantalones vaqueros. De Nimes la enviaban a Génova -'Genes' en francés- y de allí a América. A vestir a los buscadores de oro. Strauss tiñó el tejido de azul índigo. La guinda. Azul es 'blue'. Génova es 'genes'. 'Blue jeans'. Pantalones azules. Cambiaron la moda. Como Cavendish la velocidad del Tour. Es su aportación a un pelotón donde, de cuando en cuando, empiezan a menguar los 'sprinters'.
Arrancó lejos. A 150 metros y con la tramontana en medio. En 2007, en su debut en el Tour, se cayó cuatro veces en cuatro días. Este año también se ha dado con el suelo. Duele, pero aguanta. «En el sprint me olvido de las heridas. Es la adrenalina», cuenta. Loco. Atacó pronto y nadie le remontó. Sin respuesta. En 2007 acumulaba trompazos: cuatro. Ahora, victorias: las mismas.