El fulgurante y exuberante trompetista cubano Arturo Sandoval no nos embelesó en su concierto del 32º Getxo Jazz. El músico hoy exilado en un burgués y cultureta barrio de Miami estuvo disperso, diverso y divagante, incómodo y hasta displicente sobre el tablado, donde reclamó un ventilador para refrescarse y exigió que bajaran la intensidad de los focos que le cegaban.
Acudimos a la casi llena carpa de la plaza Biotz Alai pensando que Sandoval sacaría duendes de su bolsillo, como diría Tom Waits. Sin embargo, el encuentro no pasó de la improvisación continua, como si fuera una jam session de especialistas. De tal guisa, al final se vertió por el desagüe la quintaesencia tropical, ese latin jazz que Sandoval domina.
Una hora y 41 minutos duró su desordenada intervención, sin bis, y a pesar del repertorio anárquico, la gente lo disfrutó. Un espectador le llamó «maestro», luego la misma voz pareció chillar «monstruo», y la peña enloquecía a veces, por ejemplo cuando Sandoval bramó con su trompeta graves de tuba o tocó el 'tararí, el toro va a salir'. En tal ambiente ganado de antemano, el cubano hizo lo que le dio la gana.
Paradigmática pieza de su intervención fue la segunda, sucesión de funk cibernético, jazz peliculero de los 70, duelos be bop entre trompeta y saxo, y viajes por la fusión. Había mucha percusión, Sandoval usó trompeta, teclados, percusión e incluso cantó atávico. Quizá el culmen de la cita llegó cuando, a los marfiles, el líder recordó la música española, la arrimó a la clásica y le insufló sones caribeños en un momento tan tórrido y mágico que imaginamos la visita del delicado pianista Pietro Crespi, el que enamoraba a las adolescentes de Macondo.
Pero en general el listado indigesto evolucionó de modo frío y la prueba fue que al final Sandoval pidió un poco de bulla y puso cara de muermo intentando ridiculizarnos. Pues que sepa el maestro que si la respuesta no fue mas entregada se debió a él, que transitó por demasiados palos sin marcar una senda ni conferir empaque a un listado en el que cupo desde piano boogaloo hasta el aura teclista de Spyro Gyra, de los etnicismos artificiosos de Joe Zawinul a las escalas bop, o de las innecesarias emulaciones de Miles Davis a los solos de batería. Vaya, que Sandoval se miró demasiado a su prominente ombligo.