Juanjo Mena (Vitoria, 1965) está convencido de que se encuentra al principio de una etapa crucial en su carrera. Director titular de la Sinfónica de Bilbao (BOS) hasta hace unos días, Mena es consciente de que se acerca a una división superior, la de las grandes orquestas, que es el sueño de cualquiera que empuñe una batuta. Pero también asegura que no está dispuesto a algunas renuncias para conseguir sus objetivos. Hay pruebas fehacientes de ello: rehusó aceptar ponerse al frente de la Orquesta de Montecarlo, el próximo otoño en un programa con la violinista Janine Jansen, porque el concierto coincide con el cumpleaños de su hijo Alain. Quiere que la suya sea una carrera de largo recorrido, y para ello necesita tiempo para sí y para su familia, que tanto le da. Lo dice con convicción en una entrevista que gira en torno a sus proyectos y el balance de su trabajo con la BOS . Una cosa y otra se explican en dos palabras: «Necesito progresar».
-Acaba de dejar la BOS después de nueve años de trabajo. ¿Ha sentido nostalgia o era consciente de que había llegado el momento de dar el salto sin mirar atrás?
-No he sentido nostalgia. Era una etapa que se ha cerrado con un balance muy positivo para la orquesta y para mí. En mi caso, entre otras cosas, ha sido la base para poder desarrollar una carrera internacional. Así que al marcharme no me he sumido en ninguna depresión. Supongo que eso ha sido así porque era una decisión muy pensada. La gente que me quiere y me conoce sabe que era el paso que tenía que dar.
-¿Muy pensada porque ya hace un año, cuando firmó el último contrato, lo tenía decidido?
-En ese momento, la BOS quería firmar un contrato por dos años, incluso por cuatro. Pero yo era consciente de que el ciclo estaba llegando a su fin. Estaba un poco cansado de todo: de algunos conflictos, de las personas, de la relación en sí. Además, no sabía quién iba a estar al frente de la orquesta, en lo institucional. De alguna forma, cuando firmé el contrato por un año estaba narrando el fin.
Cuidar el proyecto
-Entonces dijo que seguiría si tenía condiciones óptimas para hacer música. ¿Cabe entender que no se han dado?
-Para que siguiera, todo tendría que ser ideal. Y no lo era entonces ni lo fue en los seis meses hasta que anuncié mi marcha. Ahora me siento responsable ante la gente que me ha ayudado, en el sentido de que tengo que atender con óptimos resultados los compromisos que tengo con orquestas como las de la BBC, Bergen, Oslo, quizá la Nacional de Irlanda, que acaba de llamarme. Y para eso necesito concentración, estudio, reflexión...
-¿No habría sido posible compatibilizar la titularidad de la BOS con la de otra orquesta, como pensó hacer cuando era un serio candidato a la de Baltimore?
-Eso lo había descartado. La BOS necesita una gran dedicación. Yo se la he prestado, y estoy contento de lo que he hecho y de lo que ellos han hecho conmigo. Esto es algo que pasa bastante en las orquestas españolas, que requieren de gran atención de sus directores porque aún no hay estructuras de gestión sólidas.
-¿El principal problema de la BOS ha sido de escasez de recursos, falta de apoyo institucional o carencia de un proyecto perfectamente definido?
-Un poco de todo. Hacía falta entender la orquesta como un bien cultural muy importante, que debe ser atendido e incluso mimado. Y eso no ha pasado. Es cierto que hubo momentos mejores, en los que yo veía que se entendía mejor mi proyecto, y otros en los que no se ha entendido. Yo creo que si se contrata a Juanjo Mena hay que atenderlo y mimarlo, no por mí como persona o artista, sino como proyecto. Al final, cuando ya había tomado la decisión de marcharme, me prometieron más apoyo, pero ya estaba agotado.
-¿Cuál ha sido la despedida más cálida que ha recibido?
-Estoy muy contento con la despedida del público, que fue discreta, sincera y sin palabras. Los dos últimos conciertos tuvieron un público especial, cariñoso, que me hablaba. En cuanto a la de la orquesta, fue también muy sencilla. Entiendo que había músicos que querían que me fuera y otros que me quedara. Di un abrazo a cada uno y eso fue todo. Resultó muy natural y haberlo adornado más habría quedado falso.
-¿No hubo una despedida institucional?
-No. La diputada de Cultura se despidió de mí el día del 'lunch' y ya está. Yo no necesitaba una despedida institucional, porque además no habría sido sincera. Pero no me siento más o menos querido por ello. Era así como tenían que hacerse las cosas.
Los momentos difíciles
-En estos años, la BOS contrató la asesoría de una empresa de gestión cultural que quería cambiar el rumbo de la temporada e introducir cosas muy distintas a la música clásica. Eso a usted no le gustó nada.
-No, porque demostraba una falta de confianza en mi criterio. Estoy contento de haber estado en el barco cuando se abrieron vías de agua. Luego, todo el mundo ha comentado que era erróneo ese planteamiento, pero entonces me sentí muy solo diciéndolo. Tengo la satisfacción de haber seguido al frente de la orquesta en momentos difíciles, pero el precio pagado ha sido el desgaste y el deterioro de mi autoridad. Tuve que admitir cosas que creía que no debía aceptar, pero era para poder llevar a buen puerto el barco de la BOS, para que ahora lo coja otro capitán. Y cogerá un barco, no una chalupa.
-Tampoco le habrá gustado que el diputado general acuda a otras manifestaciones musicales pero no haya aparecido por sus conciertos en estos años.
-Cada persona tiene sus preferencias y yo las respeto. Pero a mí me enseñaron a saber estar y he hecho cosas que no me gustaban porque tenía que hacerlas.
-¿Ha tenido alguna vez la impresión de que quizá por ser de aquí ha sido menos apreciado que si hubiese nacido lejos?
-No. Siempre me he sentido querido y respaldado. Es cierto que he hecho cosas que quizá como director no tendría que haber hecho. Pero yo no soy un ídolo, no respondo a ese tópico del artista que está por encima de todo. Soy un tipo muy sencillo de Zaramaga, aquí en Vitoria, y quizá he sido menos social de lo que debería. Pero estoy contento de no haber cambiado en eso.
-¿Cuántos de sus proyectos se han quedado en el camino?
-Hay muchos, claro. Al principio, porque había que apuntalarlo todo. A veces otras personas han propuesto cosas que yo ya había planteado antes y que luego sí se han podido realizar y se las han atribuido, pero yo he estado contento si se han hecho. Ese el reto del nuevo director: tener ideas y ver cómo se pueden encauzar. Eso es lo que se necesita: alguien con nuevas energías para tener ideas. Y ahora es un momento mejor para ponerlas en marcha, porque la orquesta ha crecido en todos los sentidos.
El futuro
-¿Y ahora qué? ¿Cuánto tiempo estará sin ser director titular de ninguna orquesta?
-Mi objetivo ahora es no ocupar ninguna dirección titular al menos dos años. Necesito tiempo para mí, para estudiar, para afrontar los importantes retos que se me plantean. En las próximas dos temporadas tengo mi agenda llena y ya estoy diciendo que no a algunas ofertas. También tengo que pensar en mis hijos y mi mujer, que me dan tantas cosas que luego se proyectan en el aspecto artístico. Quiero mejorar mi inglés y mi euskera -para poder hablar con mi hijo-, quiero escuchar a los grandes maestros... Esto podría durar hasta cuatro o cinco años. No estaría nada mal. Ahora mi carrera gira en torno a varios pilares muy estables: Baltimore, que me da presencia en América; la RAI de Torino, con la que haré una gira por Sudamérica; Bergen, que es una apuesta muy importante; y Génova. Pero están surgiendo también otras orquestas.
-¿Qué ha de ofrecerle una orquesta para que acepte ser su titular?
-Después de lo vivido, me parece necesaria la independencia de todos los elementos extramusicales, que tienen que estar en manos de grandes profesionales que sepan lo que hacen, para poder potenciar lo musical. Y luego un buen nivel, como el que estoy empezando a conocer, una buena relación con los músicos, ganas de mejora, de superación, y por supuesto algo más que una temporada de abono correcta. Es decir, proyectos: giras, grabaciones... Una orquesta son sus proyectos.
-Y su prestigio...
-Claro, me gustaría, como a todo el mundo, llegar a una orquesta que tenga prestigio internacional. Estoy intentando pasar a otro estadio, y en eso Bergen es una experiencia muy satisfactoria porque aúna tradición, un funcionamiento muy profesional, un gran apoyo del país, grandes patrocinios. Necesito progresar y para eso tengo que hablar de ideas, de cosas que están a otro nivel menos evidente. Me atrae una orquesta que quiera recibir ideas y a la que yo pueda dárselas. La pesadilla del día anterior al primer ensayo es si tendré algo que decirles. Por eso estoy bastante contento de cómo está yendo mi carrera.
-Dado que quiere estar con su familia, ¿en igualdad de condiciones preferiría una orquesta española a otra extranjera?
-Ahora mismo, no. No lo digo por altivez. Es, en primer lugar, por respeto a la BOS. No se puede cambiar de mujer tan rápidamente... También es cierto que busco una profesionalización en la gestión y hay muy pocas orquestas españolas que funcionen así.
-¿Ha pensado en llevarse a su mujer y sus hijos consigo?
-Conozco tantos casos de directores que lo han hecho y han dinamitado sus familias, que ni me lo planteo. Si los niños fueran mayores y el proyecto muy sólido, en una ciudad con grandes universidades, quizá lo hiciera. De momento, no.
-¿Ha diseñado su futuro según unos objetivos estrictos o va decidiendo sobre la marcha?
-Intento escoger bien y tengo la suerte de no estar necesitado de aceptar cualquier trabajo. Estoy empezando a acercarme a esa división a la que quizá un día pueda llegar. Tengo muy claro que los próximos diez años de mi carrera son fundamentales.
-Hace cinco años se aireó la posibilidad de que fuera a la Orquesta Nacional. Por lo menos, fue recomendado por Frühbeck de Burgos. ¿Siente ahora que pudo haber sido una oportunidad?
-Yo fui un convidado de piedra en eso, porque el candidato real era Pons. Pero aclarado eso, lo que veo ahora es que el trabajo que había que hacer allí y el de Bilbao eran muy parecidos. Allí habría llegado al mismo punto. Es una orquesta de más renombre, aunque lo cierto es que en este momento uno se va a las grandes orquestas no por donde está de titular sino por su trayectoria. El trabajo bien hecho es hoy la única carta de presentación.