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La llegada al Kremlin, el pasado 7 de mayo, del nuevo presidente ruso, Dmitri Medvédev, con un talante más sosegado que su predecesor, había infundido la esperanza de que las relaciones entre Moscú y Occidente mejorarían. Pero tras los últimos acontecimientos, las tensiones vuelven a aflorar hasta extremos que recuerdan momentos críticos de la Guerra Fría.
La firma en Praga del convenio para la instalación de una base radar en la República Checa, uno de los elementos del escudo antimisiles que EE UU se propone desplegar también en Polonia para hacer frente a un hipotético ataque de Irán, trajo polémica. El Ministerio de Exteriores ruso reiteró que el dispositivo está dirigido contra Rusia y amenazó con «medidas de carácter militar» como respuesta.
En la localidad nipona de Toyako, en donde ayer finalizó la cumbre del G-8, Medvédev dijo sentirse «extremadamente disgustado» por el acuerdo alcanzado entre Washington y Praga. En la región japonesa, estos últimos días, el nuevo inquilino del Kremlin no ha dejado de sonreír, pero sus encuentros con su homólogo norteamericano, George W. Bush, y con el primer ministro británico, Gordon Brown, no han servido en absoluto para acercar posturas.
Pretende intimidar
Geoff Morrell, portavoz del Pentágono, ha calificado las advertencias rusas de «retórica belicista» que pretende intimidar y «poner nerviosos» a los países europeos que alberguen el escudo. Según sus palabras, el sistema de defensa antimisiles europeo no está concebido para ser utilizado contra Rusia, cuyo arsenal nuclear es «abrumadoramente superior». «El objetivo es proteger Europa de Irán», puntualizó.
Por su parte, la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, afirmó ayer, horas antes de llegar a Tiflis, la capital de Georgia, que los ensayos de misiles que Irán acaba de realizar «demuestran que la amenaza del régimen de Teherán no es imaginaria».
Otro contencioso que también envenena la buena armonía entre Rusia y Occidente es la postura del Kremlin en relación con las regiones separatistas georgianas de Abjasia y Osetia del Sur. Moscú y Tiflis se acusan mutuamente de instigar las hostilidades.
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