L a bandera a cuadros tomada por Hamilton en Silverstone, cuna del 'gran circo' y 'catedral' de la Fórmula 1, ha supuesto el paso del ecuador para la temporada y, con cuatro aspirantes al título y tres escuderías implicadas en la pugna, la emoción está servida.
Aunque la creciente competitividad de BMW le permite fijarse las más altas metas, serán Ferrari y McLaren quienes diriman su enésima batalla deportiva. Cuando días atrás Ron Dennis presentaba el libro 'McLaren-The Cars 1964-2008' eludía hacer comparaciones entre el pasado y el presente, entre el escándalo en el que se vio inmerso y el que ahora implica al presidente de la FIA. Para desesperación del editor, y con los primeros ejemplares recién salidos de la imprenta, Dennis se desmarcaba con una de las suyas : «Sepan ustedes que éste no es el libro definitivo, aquel se escribirá el día en que me decida a contar las pequeñas historias de cada uno de los miembros de McLaren cuyo legado sólo yo atesoro», decía mientras reprochaba a los relaciones públicas del equipo que la hierba del jardín donde se celebró el evento no estuviera segada con la exquisitez exigida.
Genio y figura , dicen quienes con él se han batido el cobre que Dennis es todo un desafío, un eterno superviviente que mantiene día a día tensionada su organización. Hamilton sigue siendo su debilidad, por más que la mudanza del joven a Ginebra haya enfriado la relación con sus compañeros de trabajo. El piloto ha dejado atrás a aquel muchacho que cada mañana pasaba por Woking saludando a mecánicos e ingenieros; se ha vuelto más distante y actuaciones plenas de raza y ambición como la de ayer tarde le reconcilian con equipo y afición, crítica en los últimos tiempos con el estilo de vida del clan familiar que lidera.
Pese a que las diferencias en ambiente y visión del negocio son obvias, Ferrari y McLaren comparten más de lo que les separa; comparten método e intereses, algo lógico tras cerca de cuatro décadas siendo el uno la referencia para el otro. Sin ir más lejos, ambos han convenido liderar al resto de la parrilla en la negociación abierta con Ecclestone para alcanzar un nuevo 'Pacto de la Concordia', esbozo de las normas de convivencia entre esta peculiar comunidad.
Sus integrantes, las escuderías, han convertido la posible venta de los derechos comerciales de la F-1 en el argumento principal del conflicto de intereses que ha generado la mayoritaria repudia de Max Mosley. Objeto de crítica permanente, y convertido en protagonista muy a su pesar, brega por mantenerse al frente de la FIA sin ceder la gestión de la reglamentación técnica del certamen, también pretendida por el otro bando.
Bien harían estos en alcanzar la regularidad necesaria para superar la alternancia de grandes carreras con enormes decepciones. Tanto Massa como Raikkonen nos brindan una de cal y otra de arena. O actuaciones incomprensibles, como la protagonizada por Hamilton en Canadá entre los gritos de «¡Luz roja , luz roja!» de su ingeniero de pista ante la inminente catástrofe.
El genial Jackie Stewart, también súbdito de su graciosa majestad, mantiene su apuesta por Lewis y dice obviar su evidente inexperiencia por considerarle textualmente «la mayor revelación en las Islas tras el pan de molde». Sorprendente comparación para un magnífico piloto que al errar en Montreal ponía en bandeja la victoria al rival al que más teme, la auténtica revelación del curso, Robert Kubica.
Llegados al epílogo, hay que referirse a otro inglés respetado en el 'paddock', Martin Brundle, para compartir su desencanto por el papel de comparsa al que se encuentra relegado Alonso. Su ausencia de las batallas por la victoria ha privado a la competición de uno de sus más preciados activos y supone una merma evidente del espectáculo. ¿Por cuánto tiempo?