Había ayer en la inestabilidad climática en torno a la pista central el presagio también de un cambio en el escalafón y el eco de lo que ocurrió hace 27 años. Entonces, también un tenista que había logrado dominar el mundo del tenis, Bjorn Borg, se enfrentaba ante un joven aspirante que no respetaba jerarquías, John McEnroe. Y entonces, como ayer, los dos finalistas habían jugado un partido memorable de cinco sets en la final de la edición precedente y, como ayer, la tendencia de los últimos años y la trayectoria de los dos finalistas en el torneo había permitido presagiar que el aspirante rompería con la costumbre de los últimos cinco años.
Entonces, como ayer, la corona la ostentaba un atleta de mentalidad nórdica. El juego de Borg y Federer no puede compararse, pero ambos comparten en la retina del espectador una capacidad de desplegarlo sin expresar aparentemente emociones, antes de hundirse entre lágrimas en el momento de la victoria. Federer ha dominado el tenis por su capacidad de leer y anticiparse al juego con una claridad nunca vista y por la facilidad pasmosa de sus variados golpes de derecha y de revés desde el fondo de la pista, además de un servicio que puede combinar la búsqueda de ángulos cortos y el 'ace' seco a las líneas y al que recurre, como si fuese sencillo, en los momentos más difíciles.
El tenis de los últimos años está dominado por el juego desde el fondo de la pista. No quedan 'McEnroes' que suben para explotar la volea, no hay un Sampras que domine de tal manera con el servicio que busca la red para rematarlo. Pero Federer y Nadal han ganado a sus rivales desde el fondo. Desde los primeros puntos del partido de ayer, se vio que Federer había decidido, tras su derrota en París y tras ver el juego de Nadal en este Wimbledon, que tenía que cambiar su táctica. Es difícil recordar un choque en el que el campeón suizo haya subido tanto a la red tras atacar sistemáticamente el revés del mallorquín.
El balear comenzó mejor. Buscó desde el principio jugar las bolas largas a ambos lados de la pista para trastornar el aparentemente tranquilo deambular de Federer, acorralado en su segundo servicio por los restos y velocidad de golpeo de Nadal. Cada tenista lo mantuvo hasta llegar a la gran batalla del 4-5.
Hubo cinco igualadas en el juego antes de que el hombre frío de Basilea, tan frío y tan lloroso como Borg, se fuera, primero, demasiado largo y después enviara a la red, sendas bolas en errores no forzados por el rival, aunque excusables quizás por los torbellinos de viento que perturbaron como la lluvia la final de Wimbledon. Federer rompió el primer servicio de Nadal, que pareció desdibujado en los primeros juegos, como si hubiese entregado voluntariamente la iniciativa al suizo y al ventarrón. El público asistía con respeto a una final cuya calidad de juego podría ser quizás la mejor de la historia, pero de un estilo que no acaba de encandilar.
Sirviendo para 5-2, Federer se fue de nuevo demasiado largo y sin forzar y el cambio de generación y de rey pareció entonces ya inevitable. Pareció confirmarse en el 4-4, sirviendo Federer, que ganó Nadal con una autoridad que no se había visto en sus partidos de Wimbledon contra el suizo.
Y, en el último juego del set, cuando Nadal resistió combativo y frío, ganando todos los puntos fundamentales, mientras Federer volvió a enviar a la red la última bola. Cuando se habla aquí de errores sin forzar, se habla de tirar a la red una bola que viene liftada y golpeada por Nadal, pero el helvético no solía hacer estas cosas. «No me descartéis todavía», decía el suizo en la última semana de Wimbledon, cuando le preguntaban incesantemente si los últimos resultados y el empuje de Nadal estaban anunciando el fin de su reino. «Estamos entrando ahora en la parte de la temporada que más me gusta: Wimbledon, Juegos Olímpicos, Abierto de Estados Unidos...».
Tras una hora y media de partido, Roger Federer estaba entrando en un territorio desconocido. Nunca antes había estado dos sets a cero en una final de Wimbledon. Y entonces demostró que es muy prematuro hablar en su caso de cambios de ciclo y de hegemonía, del paso del relevo a otra generación y a otro héroe.
El suizo no se descompuso y quien dio señales de atragantarse ante la proximidad de una victoria en tres sets sobre el mejor tenista de la historia -lo dice Nadal- y en su pista preferida, fue el español. Perdió tras estar 0-40 la oportunidad de romper en el séptimo juego. Había sobrevolado sobre la pista central una nueva interrogante cuando la lluvia dejó todo en suspenso.
Hambre de tenis
No hay experiencia igual en ningún deporte con tal audiencia universal. Una interrupción por la lluvia arroja interrogantes múltiples sobre pérdidas de ritmo, cambios de espíritu y de tendencia. Tras ochenta minutos, regresaron a una pista central que quería ver más tenis y animaba a Federer.
Que ganó el desempate del set con tres 'aces' en sus primeros tres servicios y un cuarto para ganar el punto decisivo. Había que congelar las elegías de Federer: estaba vivo y quería ganar. Avanzando por el cuarto set, la pista central estaba conmovida, admiraba los golpes extraordinarios de ambos, su inmensa calidad. No era lo de aquellos tiempos, con estos malos voleadores contemporáneos, pero la emoción era equivalente.
Y le pudo a Nadal, que, tras avanzar seguro, como su rival, se atragantó en el desempate. Con 2-5, hizo doble falta, con 3-5, estuvo indeciso, y se vio en Wimbledon el gesto insólito de un Nadal tentado de arrojar su raqueta al suelo. Haba tirado el desempate y el segundo set. Y, ahora, tras un nuevo receso por la lluvia, la final más larga en la historia de Wimbledon se resolvería, como el pasado año, en la quinta manga.
Con una pista entregada a un partido de emoción intensa, Nadal sirvió a las nueve y cuarto de la noche, hora de Londres, la cuarta bola de partido. Sólo entonces cayó Federer. Había resistido el cambio de tal manera que la pista central le ofrecía aún el máximo respeto mientras coronaba al chico de Manacor con esa extraña obsesión por tocarse la braga como el nuevo rey de Wimbledon.