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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

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El Gobierno israelí acepta excarcelar a uno de los terroristas más sanguinarios de Hezbolá para recuperar a soldados capturados y decenas de cadáveres de militares muertos en Líbano

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La noche del 22 de abril de 1979 el druso libanés Samir Kuntar se infiltró junto a un comando en la ciudad israelí de Nahariya para perpetrar una 'operación de resistencia' que costaría la vida a un policía, al civil Danny Haran y a sus dos hijas, de 4 y 2 años. La pequeña murió asfixiada mientras su madre le tapaba la boca para que los sollozos infantiles no las delataran dentro de la bañera donde ambas se escondían, lejos del aquelarre. En el juicio, que le condenó en Israel a casi cinco siglos y medio de prisión, se dijo que Kuntar remató a la niña mayor reventándole el cráneo con la culata del fusil, lo que le valió el apelativo de 'El monstruo de Nahariya' entre toda una generación de judíos, que aún hoy recuerda aquella orgía de terror con la misma náusea espantosa que en España evocan los crímenes de Alcasser.
A apenas 250 metros de distancia, el eco salvaje de la carnicería sacudió de pánico el sueño del entonces joven matrimonio Goldwasser, ya padres de un pequeño de 4 años de nombre Ehud. A la mañana siguiente sabrían que sólo el azar caprichoso había empujado a la banda asesina a asaltar ferozmente la vecina casa de los Haran, en vez de la suya.
«Fue tremendo, oímos los tiros y los gritos desesperados de la familia...», rememora en el mismo salón donde tanta congoja pasó aquella noche el padre, Shlomo Goldwasser, hoy de 61 años, reacio a elaborar más su testimonio y su aprensión hacia el sanguinario druso, «un animal», pronuncia sin querer, por cuya liberación clama ahora. Porque una carambola maldita del destino, el mismo que le ahorró en 1979 un primer cruce fatal con Kuntar, quiso que el 12 de julio de 2006, la milicia libanesa Hezbolá lanzara un ataque contra una patrulla militar hebrea con el objetivo de capturar soldados judíos que luego poder utilizar como moneda de cambio para recuperar, precisamente, al legendario matón. Y su hijo, Ehud Goldwasser, viajaba en esa avanzada, en la que fue atrapado junto a Eldad Regev. El resto de los compañeros, ocho uniformados, murieron en el choque.
Segunda guerra de Líbano
Cuando van a cumplirse dos años de este episodio, que incendió una contienda de 34 días que los israelíes llamaron Segunda guerra de Líbano, Hezbolá está a punto de conseguir lo que fue a buscar, porque el canje que diseñaron está ya listo. Según fuentes de seguridad, el intercambio se producirá esta semana, o a lo sumo, el día 15 de este mes.
Para entender la dimensión de la victoria chií, baste recordar que la milicia madre de Samir Kuntar, el Frente para la Liberación de Palestina, trató sin éxito de rescatar a su héroe secuestrando, en 1985, el transatlántico 'Achille Lauro', durante tres días y con 450 rehenes a bordo.
Hassan Nasralah, jefe de Hezbolá, ha superado a los piratas: «Si me pregunta por un acuerdo sin Samir, le digo no», dictó sin cesar en entrevistas y a la mediación alemana, implacable en su decisión de hacerse con Kuntar para exhibirle como un trofeo propio y de la resistencia.
Para entender la dimensión de la humillación de Israel, baste decir que Goldwasser y Regev volverán a casa muertos. «Hasta donde sabemos, los soldados no están vivos», confesaba el primer ministro hebreo, Ehud Olmert, en la reunión en la que el pasado 29 de junio convenció a su Gabinete para ratificar el acuerdo de canje, por el que deberán devolver también otros cuatro combatientes y docenas de cadáveres. Aún a pesar de que el Mossad y el Shin Beit (los servicios de seguridad exterior e interior judíos) han advertido de que la entrega de Kuntar sólo alentará nuevas capturas y dinamitará la capacidad de disuasión israelí. Aun a pesar de que 'el monstruo' tiene las manos chorreantes de sangre. Y aún a pesar de que Ariel Sharon prometió que el asesino libanés sólo sería devuelto a cambio de lo que quede de Ron Arad, un piloto hebreo desaparecido en Líbano en 1986 que, según parece haber informado Hezbolá como parte del trueque, tampoco sobrevive.
Miedo a las presiones
La incógnita sobre Arad pudo haberse resuelto en un pacto intentado hace años, aunque por lo exorbitante del precio, Israel no dio el paso. Nada se conoce de su paradero y el precedente atornilla las conciencias de todos.
Por eso, Shlomo Goldwasser admite que la única vez en este tiempo que le pudieron los nervios fue «durante la votación del acuerdo en el Consejo de Ministros», ante el temor de que las demandas de Hezbolá fueran rechazadas por las presiones de quienes critícan que Israel se arrodilla. Y por las de quienes, como Yossi Klain, cuyo balcón se asoma a la casa del crimen de Kuntar, creen que sólo Olmert gana al ceder a esta extorsión, que por unos días ha disipado la atención sobre las corruptelas que amenazan su puesto como primer ministro.
«Espero a mi hijo... Esperamos a nuestros hijos, hace mucho, mucho tiempo, que mi hijo no es sólo mío, es el de todo Israel, la comunidad judía y el mundo libre», relata Shlomo para reclamar apoyo a cualquier arreglo que impida que su 'Udi', que Eldad Regev, se convierta en otro Ron Arad.
Cueste lo que cueste. Aunque sea dejar suelto al criminal que durante treinta años ha rondado a su familia como una sombra exterminadora, hasta acabar torciendo sus vidas. Como hizo con las de los Haran. «Estoy seguro de que llevará a cabo, no por bueno, sino por que hay que acabar con esto», se dice Goldwasser.
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