La costa de Brest es un semáforo en el océano. Lugar de parada. Base de submarinos. Y muelle temporal para el buque escuela español 'Juan Sebastián Elcano'. El Tour se le arrimó ayer. Lucían sus más de cien metros de eslora. Los cuatro palos. Las veinte velas. Dentro, atornilladas al suelo están las sillas donde aprenden los guardamarinas. Los aspirantes a capitán. Les dan un sextante y les enseñan a situar el barco en las estrellas. Ayer había una justo al lado. Venía de Murcia. De nombre: Alejandro Valverde. E iba a Plumelec, meta de la primera etapa del Tour. Allí, en el repecho final, Gilbert, Schumacher, Kirchen, Evans, Ricco, Pozzato y Freire iban a parecer guardamarinas. Sentados sobre una bicicleta soldada al suelo. Fijos. Por encima sobrevolaba una estrella: Valverde. Un velero en el aire. Fogonazo multicolor. Entró a todo trapo: con el maillot de campeón de España. Y salió como primer líder de este Tour.
Al despuntar la penúltima curva, el luxemburgués Kirchen comenzó a boquear. Pez sin agua. La cuesta que va a Plumelec (1,7 kilómetros, al 5%) le parecía de lodo. Iba pegado. Detrás, Evans apretaba, con Gilbert, Frank Schleck, Ricco y Freire a rueda. A Valverde lo había subido hasta allí Iván Gutiérrez, el cántabro encargado de espantarle las moscas. Cuando 'Guti' puso al murciano en su sitio, compartió con él un guiño y se despidió. Ya era cosa del jefe. Su don. Valverde vio a Kirchen colarse en aquella curva a la derecha. Se sentía con fuerza de sobra: para estar en el sprint y para verlo desde fuera. Con cabeza para anticiparlo. Frío. Nada sabía de lo que venía tras la curva. Pero supo verla a través de los demás. Sus rivales se asfixiaban. A por ella. Entró como una centella. Igual que en sus dos victorias en la Lieja-Bastogne-Lieja. O como cuando dobló a Armstrong en la cima de Courchevel.
En el Tour no hay triunfos de calderilla. Todos son caros. Casi 200 kilómetros en la quebrada bretaña a 43 por hora de media. Con fuga temprana: Rubén Pérez, Arrieta, De la Fuente... Con caídas como la de Mauricio Soler, el escalador sin carnet para conducir en el llano. Con un pelotón tenso como una soga. Con todos metidos en el ancho de la carretera. El alto de Cadoudal, la puerta de Plumelec, esperaba. Más que un puerto era una duda: estaba al alcance tanto de los velocistas como de los candidatos al podio. Allí estuvieron todos. Primero disparó Feillu. Luego Schumacher. Salían como un corcho de champán y claudicaban a cámara lenta. Kirchen es un dorsal de presa. Granito. En una cuesta así está a sus anchas (ganó la Flecha Valona en el Muro de Huy). Se puso el primero. A 300 metros tenía las escrituras de la meta. Alejandro Valverde calibraba. Ha aprendido a contenerse. Domina el pánico.
«¡Ahora!», se propuso el murciano. Golpeó donde debía. Donde dolía. Toreo a la mano y puntilla. En 200 metros le comió casi 70 a Kirchen. Adivinó su hundimiento. Y sacó ese látigo de veinte pedaladas. Lo desnucó. En tramos así es único. Cuando el murciano suelta el freno de su ambición es imparable. Imbatible. En Plumelec queda ya para siempre la imagen de todos sentados, anclados al sillín, y de Valverde desatado. Sin cabos. Navegando a toda vela. Flotando sobre el ácido láctico que anegaba los músculos rivales. Con dos mástiles por piernas. Ya es el líder: con un segundo sobre Gilbert, Kirchen, Ricco, Evans, Frank Schleck, Pereiro y Cobo. Con siete sobre Sastre, Andy Schleck, Samuel Sánchez, Cunego, Barredo, Astarloza, Menchov, Kreuziger y Zubeldia. Marcando territorio. Ondeando su bandera en Plumelec, donde Hinault calcinó a todos en 1985. Cuentan que era tal el ímpetu del bretón que la rueda trasera le patinaba. Moto. Como la de Valverde ayer.
Trono ausente
Al líder del Caisse d'Epargne le han decorado una bicicleta para el Tour. Una 'Pinarello' roja y amarilla. Por ser el campeón de España. Es un país en racha. En fútbol y también en ciclismo. Triunfa en la Eurocopa con Xabi e Iniesta, y en el Tour y el Giro con Contador. Reyes del continente. En la bici de Valverde han inscrito una leyenda: 'Don Alejandro, príncipe de España'. Desde ayer anda por Francia para heredar el trono ausente de Contador. Le queda todo un océano de puertos, de tormentas. De Pirineos y Alpes. Allá va desde Plumelec, a toda vela.