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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

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03.07.08 -

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E n la pasada Feria del Libro de Bilbao, el escritor argentino de novela negra Raúl Argemí dijo que una de las cosas que más le sorprendían de vivir en España era que había llegado a hacerse amigo de algunos policías. En su país, contaba, eso habría sido imposible. Allí la corrupción está tan extendida que, cuando un particular ve venir a un agente, se cambia de acera. ¿Por qué? Por si acaso. «Cuando cuento en Argentina que aquí tengo amigos policías», decía entre risas Argemí, «todos piensan que estoy metido en algo turbio».
La corrupción policial es vieja como el mundo. También es muy difícil de evitar, ya que quien tiene una placa tiene en su reverso la posibilidad de aprovecharse de ella. Todos somos virtuosos cuando estamos a una distancia prudencial de la tentación. El problema es que la Policía trabaja precisamente en el reino de la tentación. Es entonces cuando entra en juego el factor humano, es decir, el grado de debilidad, codicia y miseria de cada cual. Dicen que todos tenemos un precio y sabemos que hay quien siempre está en oferta.
Salta ahora la noticia de que un hostelero bilbaíno ha sido extorsionado por un agente de la Policía Municipal. El poli corrupto llegó al local y abrió un expediente por exceso de aforo. Lo hizo demostrando tener una vista prodigiosa, ya que ni siquiera se molestó en contar cuánta gente había en el recinto. Poco después, el hostelero recibió una llamada: 'Oye, verás, que conozco a una gente que por un dinero puede hacer que te libres de la sanción'. Todo un clásico mafioso: el chantaje planteado como un favor que soluciona un problema creado por la propia mafia.
Gracias a una denuncia anónima, el asunto está ya en manos de los jueces. Dice el concejal de Seguridad Ciudadana que se trata de un hecho puntual. Es importante que se tenga una absoluta seguridad a ese respecto y que se actúe con rotundidad y precisión quirúrgicas. Los ciudadanos no pueden albergar dudas sobre la honestidad de aquellos a quienes pagan para que les protejan. O, al menos, no más de las estrictamente necesarias.
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