Los hermanos Kaczynski cabalgan de nuevo. Lech, el todavía presidente de Polonia, dijo ayer que no quiere estampar su firma en el Tratado de Lisboa. El trámite es preceptivo para la promulgación efectiva del documento por parte de su país, donde ha recibido ya el visto bueno del Parlamento. Se trata, por lo tanto, de un auténtico golpe de mano del euroescéptico Kaczynski contra la lógica democrática de Polonia, por un lado, y contra la voluntad de la inmensa mayoría de los socios de la Unión Europea, por otro.
El gemelo menos brillante de los dos hermanos -a Jaroslaw lo desalojó Donald Tusk de la jefatura del Gobierno- venía guardándose la carta de su firma en la bocamanga, esperando jugarla en el momento más oportuno para conseguir el descarrilamiento del nuevo Tratado de la Unión. Se ha visto urgido a utilizarla ahora, quizá porque es consciente de que Irlanda se queda sola en la UE. La determinación de los principales socios comunitarios por sacar adelante el documento y pasar la página de la crisis es tan evidente que pierde aire aquel sofisma de Brian Cowen, el primer ministro irlandés, según el cual «yo tengo un problema, luego lo tenéis todos vosotros conmigo», con el que se paseó por los pasillos de la cumbre este mes pasado. A medida que pasan los días, en la capital europea es cada vez más obvio que quien tiene un problema es Irlanda; y que los demás van a mirar, con gran circunspección, eso sí, lo que hace para salir de él.
Kaczynski ha jugado ahora su carta, además, porque la diplomacia francesa presiona a la República Checa, donde anida otra élite euroescéptica. El ministro galo de Exteriores, Bernard Kouchner, reiteró anteayer en París los menajes de Sarkozy en la cumbre, advirtiendo a Praga de que no ratificar el Tratado de Lisboa sería contraproducente para los mismos checos, porque las nuevas ampliaciones serían, de facto, imposibles.
Ampliaciones
Cuando Sarkozy manifestó en la pasada cumbre que sin Tratado de Lisboa no habrá más ampliaciones -mirando a la República Checa de reojo, y a su confesado afán porque Croacia acceda a la UE-, se suscitó un debate en diversos foros políticos, en buena medida teórico, sobre si el Tratado de Niza, el que se encuentra en vigor, permite nuevas ampliaciones. Se trataba de un debate teórico porque si Praga boicotea la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, Croacia no entrará en la UE. Aunque el documento de Niza lo permita. Las ampliaciones requieren la unanimidad de los socios comunitarios, y Francia -y posiblemente otros Estados miembros- dirá 'no'.
De la misma manera que la irredención de Lech Kaczynski tendrá consecuencias en la aproximación de Ucrania a la Unión Europea. Polonia será el socio que más dinero recibirá de Europa hasta 2013, 65.000 millones de euros. Y quiere que Ucrania entre en la UE. Naturalmente, Polonia no pagaría ni un céntimo en cohesión a Kiev; la factura la soportarían los contribuyentes netos, España a la vuelta de la esquina.
Posición de fuerza
¿Está Lech Kaczynski en una posición de fuerza para lanzar este género de órdagos a la UE? No. Por eso, el primer ministro polaco, Donald Tusk, le pedía ayer a su presidente que reconsiderara su posición. «No quiero que Polonia se vea, sin ninguna razón, en una situación difícil, decía. Queremos que el Tratado entre en vigor y no queremos que Irlanda se vea marginada».
Indirectamente, Tusk ha reconocido la realidad: que el rechazo de las nuevas normas de gobierno de Europa lleva emparejada la marginación. No se negociará un nuevo Tratado, ni hay más cera que la que arde, y al que no le guste, que se haga a un lado. La Comisión Europea le recordaba ayer a Kaczynski que «Polonia se comprometió en su día a ratificar el nuevo Tratado» y que él mismo fue un actor destacado en su negociación. Desde París, fuentes de la presidencia anunciaban «discusiones» próximas con Varsovia sobre la ratificación y Angela Merkel reafirmaba, desde Berlín, su apoyo al nuevo Tratado y a su ratificación en todos los estados miembros.