La torre de control de Barajas envió el primer mensaje de felicitación a la selección cuando sobrevolaba suelo español. El piloto intentó en vano comunicárselo a un pasaje desaforado, dedicado en cuerpo y alma a festejar como se merece lo que ha tardado 44 años en llegar. Con las azafatas bailando la 'Macarena', Reina montando el 'show' y Villar y Fernando Hierro aguantando las consignas del resto del pasaje reivindicando la continuidad de Aragonés. Ver a los aviones de la Patrulla Águila a los costados de la aeronave que traía a los campeones de regreso a casa fue la primera señal de lo que esperaba a Luis y los 23 superhéroes de Viena a su llegada a Madrid. La primera pista de lo que se contó por cientos de miles de personas que se echaron a la calle en la capital para reivindicar su cuota de felicidad.
Poco importó que el grueso del equipo nacional apenas hubiera tenido tiempo para desayunar, ducharse y preparar el equipaje tras una noche vienesa inenarrable. Guardaron fuerzas, las mismas que reservaron para ganar a Alemania en la final, para contestar el envite de un país volcado con 'la roja'. Eran las 19.45 horas cuando un avión rotulado con un enorme 'Campeones' dejaba ver una bandera española por la ventanilla del piloto. Arrancaba el más grandioso recibimiento que se recuerda en este país.
Una azafata sudó lo suyo para abrir la puerta del avión y de su interior salieron al unísono Luis Aragonés e Iker Casillas. La Copa al viento para los medios de comunicación y el personal del aeropuerto. Las imágenes de televisión comenzaron a premiar a quienes llevaban horas apostados en el trayecto entre el aeródromo y la plaza de Colón, el altar de la peregrinación soñada. Más de 30 grados de temperatura. Fuego en el ambiente popular. Los bomberos, manguera en mano, refrescaron la espera.
El capitán cedió el trofeo a un emocionado Luis que no tardó en decir a los suyos, «ahora vosotros», tratando en vano de quedarse en un segundo plano que no le corresponde. Junto al avión aguardaba un autobús descapotado en el que se leía 'España siempre', junto a uno de los slogans deportivos que alcanzó su más alto grado de eficacia. El 'Imposibble is nothing' (Nada es imposible) caló entre la masa. No estaba previsto que hubiera declaraciones en la pista, pero el protocolo está para ser vulnerado. Así, se pudo ver al seleccionador fintar a un responsable de la logística para acercarse al micrófono de Cuatro y reconocer que «estoy lleno. No soy de grandes emociones, pero estoy tan lleno que...», su voz no quiso mantener el timbre idóneo.
Triunfadores
Un grupo joven y triunfador, como el que forma la selección campeona de Europa, no podía venirse abajo por todo lo acumulado en las 24 horas previas. Como sobre el césped del Prater, en los poco más de diez kilómetros entre Barajas y el centro de Madrid, los futbolistas y el resto del séquito camparon a sus anchas en el bus, que tomaron a golpe de bebidas, no todas refrescantes, que contribuyeron a hacerles meter una marcha más en la celebración. Escoltado por 12 motos, 8 furgonetas y 3 coches de las fuerzas policiales, el único vagón de la caravana se zambulló en la ciudad. Los superhéroes ya estaban en casa. Lo percibían en cada metro recorrido, en los poblados arcenes que prologaron la llegada a la plaza de Colón, el epicentro del 'Podemos', mientras la Patrulla Águila anunciaba su llegada con otro par de pasadas por el cielo, del que jugadores y afición se negaban a bajar.
Un recordatorio a Genaro Borrás -el médico de la selección recientemente fallecido- dio pie a la traca final. Reina, como en toda la Eurocopa, fue el mariscal de campo. Presentó a sus compañeros, elevó el tono hasta el no va más y emulsionó a un grupo nacido para la gloria.