
Recién salido del avión y del taller de planchado, Luis Miguel (Puerto Rico, 1970, nacionalizado mexicano) afrontó impoluto el 'jet lag' y el asalto de la prensa. Fiel a sí mismo y a su imagen de joven galán demodé. Americana azul marino, pantalón gris tobillero, corbata de topos y camisa blanca. Las ojeras camufladas por el maquillaje. La sonrisa, fluorescente. Su nuevo trabajo «es un disco clásico del gran Manuel Alejandro», dijo.
Doce temas inéditos del compositor gaditano, que ha ejercido también de arreglista y coproductor junto con el propio Luis Miguel . Un trabajo a fuego lento -«llevamos 8 ó 9 años preparando este disco»- con el que parecen saldar una cuenta pendiente. Una borrachera de amor, desamor, celos, odios, traición y triángulos amorosos, de pasiones intensas que hay que oír «como una película», aseguró el intérprete. ¿Autobiográfica?, le preguntaron. «Eso me lo reservo, aunque hay temas con los que sí me identifico», concedió enigmático.
Ahí se abrió la veda sobre cuestiones personales que Luis Miguel cerró sin conceder ni migajas. Habló del hijo que le ha cambiado la vida -«era la parte del amor que no conocía»- y se cerró en banda ante la mención de la madre de la criatura y su presunta ruptura. Capotazo irónico cuando se le preguntó por su ex Mariah Carey, recién casada con un rapero. «Felicito a todos aquellos mujeres y hombres que se conocen y se quieren. Que sean felices y coman perdices», zanjó.
Sonriente, solvente ante tertulianos de pluma y lengua afiladas, tampoco concedió pistas sobre ideología y sociopolítica. La gira de 'Cómplices' le llevará previsiblemente a Venezuela. Le preguntaron si seguirá el ejemplo de Alejandro Sanz, a quien su sinceridad antichavista le costó no cantar en el país caribeño. «Yo nunca hago declaraciones políticas. Un artista debe ser apolítico, dedicarse a su arte». Luego añadió, eso sí, que está siempre «con el pueblo y su bienestar».






