
OLAIZOLA 12 - BENGOETXEA VI 22
El buque insignia de Asegarce sufrió uno de las derrotas más dolorosas e inesperadas de su carrera profesional. Dicho de otra manera, nadie esperaba la victoria de su rival. Y mucho menos ayer y en la catedral. La cátedra, que tiró el dinero (1.000 a 100) en contra del triunfador, acabó volteada con estrépito.
La fe mueve montañas. La competitividad también. El delantero de Leitza, un pillo con un amplio repertorio para finalizar los tantos, hurgó en su manual pelotístico para obtener uno de sus logros más importantes desde su debut en el campo profesional. Tumbar al campeón del Manomanista y hacerlo con autoridad.
«Era consciente que no tenía nada que perder ante Aimar, que debía de saltar a la cancha tranquilo y hacer mi juego». Fueron las palabras del ganador nada más concluir la eliminatoria.
Olaizola dejó claro que ha perdido toda identidad con respecto al curso anterior. Regaló una y otra vez la posición. Exhibió una pegada indolente. Con su derecha nunca hizo daño y su zurda, una de las mejores propuestas de su gama de habilidades, tampoco le funcionó. Fue un rival impotente.
Su juego fue simple. Completamente plano. Muy poco valiente y demasiado meticuloso. Hasta su defensa, una de las más rocosas del actual pelotarismo profesional, se resquebrajó. Su sotamano y volea, dos importantes armas para salir de los atascos, las dejó olvidadas en vestuarios. No sacó nada. La prueba es que sólo contabilizó un tanto. Y algo insólito en su acostumbrada faceta raquítica, ya que es eminentemente tacaño. Regaló la friolera de ocho tantos. El número 17 fue de patio de colegio. Se desplazó al ancho a intentar restar un gancho en globo de su rival, que no llevaba ningún tipo de dificultad, y mandó la pelota al marcador.
La situación de salida no se le pudo pintar mejor: 7-0. Y los tantos subieron a su casillero particular sin hacer nada del otro mundo. Sin embargo, se acercó a la silla de su botillero, su hermano Asier, y le expresó su estado anímico. «No estoy nada bien y no me encuentro a gusto en la cancha».
Malos presagios
Sus malos presagios se cumplieron con rigurosidad. Oinatz, multiplicándose en todos las principales facetas del juego, lo acorraló en el cuadro cuatro. Soltó un derechazo largo, que le hizo recular, y tuvo que activar la volea como buenamente pudo. La pelota se quedó a mitad de camino entre su posición y el frontis: 7-1.
El rezagado, ante la incredulidad de los apostantes, se plantó ocho tantos por delante del favorito, 7-15. Los sabios de las apuestas apenas podían tragar saliva. Un sentimiento para sus intereses insospechado. «Esto tiene muy mala pinta», adelantó Juan Luis Arrarte, experimentado corredor de apuestas de Asegarce.
El VI de la saga de los Bengoetxea se precipitó en un resto de saque y al intentar parar de sotamano envió la pelota bajo chapa, 8-15. Fue un lance más de esos que se suelen producir en el transcurso de un partido. De allí no se podían extraer muchas más consecuencias y el partido se decantó sin mayores sobresaltos a favor del joven pelotari navarro.






