Ello le hizo recordar la promesa de remitirme, traducido, un artículo suyo sobre Baratziart, clérigo y literato en euskera, muerto en Iparralde en 1828, donde se había publicado. Dicho clérigo aparecía citado en uno de sus trabajos sobre el euskera en Álava, y a mí me interesaba mayor información en razón de su nacimiento. No sólo me envió el trabajo traducido, sino, además, una documentada exégesis sobre el topónimo en cuestión. Era la forma de encarar la muerte: seguir como siempre en el servicio a la persona, aunque ésta no tuviera ninguna relevancia especial, como la mía, y aunque su trabajo tuviera un destino limitado.
Siento haber descendido a estas pequeñeces sobre su obra, pero son las que tengo y, para mí, constituyen la expresión de la grandeza y señorío de Henrike, no ya sólo por sus títulos y trabajos académicos, sino por ser el hombre sabio en zapatillas, como así también se le definió en su funeral, capaz de andar en la vida con tanta humanidad. Recuerdo que en el breve agradecimiento, al que me sentí obligado a hacerle por teléfono, y que aún aprovechó para hacerme alguna indicación con su voz ya débil, me despedí con un breve: «Estamos contigo, Henrike». Hoy puedo decir que, más bien: «Seguirás estando con nosotros, Henrike». Y lo estará no ya sólo por su ciencia, sino especialmente por su ejemplo de vida en zapatillas, como así pudimos conocerle.







