Su propuesta rompe corazones. Encima cae simpático. ¿Qué más se puede pedir cuando se mide al Maccabi Tel Aviv? Los amarillos, otro buenísimo conjunto, son el paradigma del desaforado orgullo hebreo. Avanzan con el pecho inflado allá por donde pisan. Ya sean sus jugadores, sus medios de comunicación o su masiva afición. Un inciso. Los 6.000 israelíes que amenazaban con repoblar Madrid finalmente se han reducido a la mitad. «Los precios son demasiado altos», se quejaban ayer ante Bertomeu los periodistas amarillos.
Más allá de estas connotaciones, el Siena ha sabido transformar retales conseguidos de aquí y allá en un Prada auténtico. Su jugador más cotizado, Lavrinovic, percibe 700.000 euros anuales. El mejor pagado del Maccabi, Vujcic, le triplica.
Al igual que el CSKA, la escuadra israelí ha construido una plantilla de lo más atlética a golpe de talonario. Con superávit de americanos. Bynum es pura fibra, Cummings lo mismo vale para un placaje que un triple ganador, Morris personifica la elegancia y los nacionalizados Bluthenthal y Sharp completan el cupo de yanquis. Con ellos y una base de talentos locales, el Maccabi tratará de anegar hoy los deseos del entorno (18 horas).






