Si tengo que destacar alguno de los múltiples aspectos de su personalidad, el primero es su vastísima cultura, no sólo en el campo de la Filología y el Euskera, sino en el de la Historia o la Filosofía. Como escritor, le considero un polígrafo. Recuerdo que cuando encontraba a alguien culto que no escribía, siempre comentaba que éste es un país de cultura ágrafa.
Además, quiero resaltar su profundo sentido de la ética. Es lo único con lo que era un intransigente. Y de su continuo afán de aprender, sólo puedo decir que no tenía límite. Era insaciable. En cuanto a su sentido del humor, era muy alavés, es decir, muy fino, socarrón y, a veces, surrealista. Me he reído mucho con él. Le encantaba contar chistes y lo hacía tan serio que tenía mucha gracia.
He compartido con Henrike muchos ámbitos en el mundo de la cultura: en Euskaltzaindia, en Eusko Ikaskuntza, en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y, sobre todo, en la Sociedad Landázuri. Voy a echar de menos al amigo, con el que se podía hablar de todo, un amigo con el que compartía muchos puntos de vista.
Para mí, Henrike es un modelo a seguir por su profundo sentido de la cultura y de la moral. Para nada era un conservador, sino un conservacionista porque lo que él quería era proteger el patrimonio cultural. Ésta era una de sus grandes preocupaciones. Adiós, amigo.






