
Los genes de su bisabuelo paterno, un bávaro natural de un pueblo próximo a Baden-Baden que a finales del siglo XIX abrió una cervecera en Vitoria -el germen de la futura fábrica del KAS-, campaban a sus anchas por el cuerpo de un hombre de aspecto rígido y circunspecto que, sin embargo, nunca olvidaba en casa su perenne y peculiar sentido del humor. Algo que no impedía que irremediablemente salpicara sus extensas charlas de chistes «malísimos», -el mismo lo admitía-, y también de elocuentes citas de ilustres pensadores, desde Ortega y Gasset a Unamuno pasando por Evtushenko o Napoleón, de las que se servía para atornillar sus ideas.
A Henrike Knörr, la sabiduría adquirida durante años de incansable estudio y lectura voraz, se le escapaba de forma involuntaria, como un estornudo. Sus allegados calculan que en su casa vitoriana atesoraba una biblioteca personal compuesta por entre 15.000 y 17.000 volúmenes de todo pelaje. «A este paso vamos a tener que entrar de costado», le reprimía con cariño su esposa Txari.
Contrariamente al proceder de muchos eruditos, recluidos en sus santuarios de saber y ensimismados en sus conocimientos, el filólogo alavés «gozaba exteriorizándolos». Uno de los lugares donde más demostró su entusiasmo por difundir su sabiduría fue en el campus alavés. «Era el profesor universitario con mayúsculas, un hombre comprometido con esta institución y con el saber universal. Siempre estaba dispuesto a colaborar», decía ayer el decano de la Facultad de Filología, Geografía e Historia de la UPV, Fernando García Murga.
El hombre del sí
Su tremenda generosidad -la virtud que más se repite en boca de los que le conocían- tenía su eco más inmediato en su incapacidad «casi patológica» para decir «no». «Siempre estaba haciendo favores a todo el mundo. Tiraban de él para cualquier cosa y él se ocupaba. Y se ha ido sin dejar tantos trabajos suyos sin publicar...», se dolía ayer, desde Nueva York, Elena Martínez de Madina, filóloga vasca, miembro de Euskaltzaindia y subdirectora del proyecto de 'Toponimia de Vitoria', que dirigía el propio Henrike, y cuyo primer tomo no ha podido todavía ver la luz.
Infatigable investigador de nombres de persona y de lugar, historia de la lengua vasca, textos vascos, lexicografía, etnografía o bibliografía, nunca desperdiciaba la oportunidad de mostrar los valiosos fondos de la Fundación Sancho El Sabio. «Hace poco más de un mes nos trajo a dos turcos, padre e hijo. Al parecer uno de ellos era un estudioso de lenguas minoritarias. Era nuestro mejor propagandista y a la vez un señor, de ésos que ya no quedan», resaltaba muy afectada la directora del centro ubicado en el paseo de La Senda, Carmen Gómez.
De profundas convicciones «vasquistas y republicanas», no se cansó de abogar por la tolerancia y el respeto a las ideas al otro, lo que le llevó a implicarse en Elkarri, en la Fundación Fernando Buesa y a votar en blanco durante muchos años, admitía a cielo abierto en el ocaso de los años noventa. Tampoco le tembló la voz para, en su vertiente más ciudadana, arremeter años después contra el urbanismo practicado en Lakua, Salburua y Zabalgana, que consideraba un «dislate», o mostrar su «mayúsculo cabreo» -palabra que en los últimos tiempos convirtió en su comodín- cuando Vitoria asistía a un bloqueo político que pulverizó algunos de sus emblemáticos proyectos.
«Tranviófilo» convencido, de-tractor de los coches y defensor de un museo etnográfico «vivo que muestre a los niños qué es trillar», el políglota Henrike Knörr se declaraba un «modesto agnóstico» con la frustración de «no saber nada de matemáticas» y el convencimiento ciego de que «las personas que saben más de una lengua comprenden mejor el mundo». Todo un sabio en zapatillas.






