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Política

MOVIMIENTOS EN EL PP
Genio y figura
Tras permanecer más de una década en primera línea política, Zaplana no se ha resignado a ser «diputado raso»
30.04.08 -

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Genio y figura
MIKEL CASAL
Cambia el escaño del Congreso por un despacho de alto ejecutivo en Telefónica, un puesto creado a su medida y del que sólo tendrá que rendir cuentas al presidente de la compañía. Eduardo Zaplana hizo gala de genio y figura hasta el último momento de su vida pública. Ayer iba a ser un día importante para Soraya Sáenz de Santamaría, su sucesora en la portavocía parlamentaria, pues había reparto de cargos en el Grupo Popular y se celebraba el primer pleno ordinario de la legislatura, pero todo quedó opacado por su adiós. Un político como él no podía irse por la puerta de servicio y sin ruido. No. Fue el protagonista de la jornada con una despedida que no por esperada fue menos estrepitosa.

Que iba a ser «diputado raso» no lo creyó nadie. Ese traje era demasiado estrecho para alguien que desde hace más de una década se bate en la primera línea política. Siete años de presidente de autonómico, dos de ministro y cuatro de portavoz en el Congreso, por hacer un apretado resumen. Con ese bagaje, amén de su personalidad, era impensable que Zaplana se fuera con discreción.

Ese tránsito de la actividad política a la empresa privada ha servido, de paso, para relegar a un segundo plano, aunque fuera por un día, la batalla que libran Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre.

Una refriega en la que el nuevo delegado de Telefónica para Europa no se ha significado, al menos de puertas para afuera, pero en la que muchos le sitúan en el bando de la presidenta de la Comunidad de Madrid, aunque sólo fuera por afinidad personal y por humana reacción ante la decisión de Rajoy de despojarle de sus galones tras la derrota del 9 de marzo.

Dotado de un innegable olfato político, sabe que ahora las cartas vienen mal dadas y que es hora de replegarse a los cuarteles de invierno que César Alierta tiene abiertos en Bruselas y Praga. Ha dejado caer que su retirada es un 'hasta luego', no un 'adiós para siempre'; una rotundidad que, por otra parte, es desaconsejable en política. Pero todo hace pensar que mucho tendrán que cambiar los líderes y las cosas en el PP para que se plantee un regreso.

Agridulce

«Hoy se acaba una etapa», confesó el interesado con su sonrisa de hoja perenne tras hacerse pública su retirada, un comentario que abona la impresión de que el retorno no entra en sus planes. No se va, además, a una cueva eremita. Su destino es envidiable, leído en términos profesionales o económicos, si bien no han trascendido los emolumentos que nutrirán su cuenta corriente.

Uno de sus colaboradores más estrechos, el diputado Vicente Martínez-Pujalte, resumió el sentir de su compañero en la hora de la despedida con el calificativo de «agridulce». Dulce, explicó, porque se va a un cometido «interesante y atractivo»; agrio, porque deja atrás muchos años de política. Lo primero, el tiempo lo dirá; lo segundo es indudable.

Es cierto que estuvo atornillado a la polémica del 11-M en la última legislatura, el atentado en cuya gestión pública jugó un papel capital como portavoz del Gobierno, y que esa terquedad con los presuntos agujeros negros de la masacre no le granjeó excesivas simpatías, incluso en su partido. Pero detrás queda un trabajo impagable para el PP, partido al que llegó en 1990 con el bagaje acumulado durante su paso por la organización juvenil de la UCD, donde coincidió, entre otros, con Ángel Acebes y Javier Arenas.

Naseiro y Terra Mítica

Fue llegar y besar el santo. Un año después, este cartagenero de cuna se hizo con la alcaldía de Benidorm. Su siguiente tarea, y por la que siempre será recordado en las filas populares, fue enfrentarse al socialista Joan Lerma en las autonómicas de 1995. La misión parecía imposible. El PSOE era la fuerza hegemónica en la Comunidad Valenciana y nada hacía pensar en un vuelco, pero se produjo. Aquel PP barrió a los regionalistas de Unión Valenciana y derrotó, a la primera, a los socialistas.

La supremacía cambió de barrio y pasó del vecindario socialista al conservador. Y no fue flor de un día ni de dos. Aún hoy el PP, ahora bajo la batuta de su antaño protegido y hoy acérrimo rival Francisco Camps, controla la Generalitat, gobierna ayuntamientos por doquier y es la fuerza mayoritaria en las tres provincias sin asomo de perder esa condición por muchos años.

Su gestión no estuvo exenta de salpicaduras como el 'caso Naseiro', la suspensión de pagos de Terra Mítica o una polémica contratación de Julio Iglesias. Pero de todo salió indemne. Llamado por José María Aznar en 2002, se instaló en Madrid y dobló el recodo de su vida política. Tras dos años como ministro, la inesperada derrota de 2004 truncó su carrera gubernamental y tuvo que hacerse con los bártulos parlamentarios de portavoz. Un nuevo fracaso, el del 9-M, fue su lápida política.
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