
Los más afectados resultaron ser los regentes desde hace siete años de la casa del pueblo, Francisco y Charo, quienes recibían constantes muestras de apoyo, mientras atendían, afligidos, a los numerosos medios de comunicación que acudieron al lugar de los hechos. Con el «susto» todavía en el cuerpo, aseguraban que en los siete años que llevan con el negocio «nunca habíamos tenido problema alguno».
La casa del pueblo se divide en dos plantas: en la de abajo se ubica el bar, mientras que arriba hay dos oficinas. En ellas, sin embargo, «hacía mucho tiempo que no se celebraban reuniones del partido», explicó. Francisco maldecía la «mala leche» de los autores del atentado, que «han jodido el puesto de trabajo de una familia». En adelante, vaticinaba «mucho esfuerzo para volver a levantar el negocio».
A Francisco y Charo, que viven en un bloque distinto al de la casa del pueblo, les avisó su hijo de la presencia del artefacto. Gorka se levantó temprano para ir a trabajar, pero antes quería recoger enseres de una mochila que había dejado el día anterior en la sede socialista. Al acercarse, hacia las 5.20 horas, dos patrullas de la Ertzaintza le cortaron el paso y le apercibieron de la existencia de la bomba.
En ese instante, a Gorka le invadió un sentimiento de «impotencia», al pensar que en el interior del local se encontraba su perro. Un pastor alemán que tras la explosión, sorprendentemente, salió con vida, ensangrentado y aturdido. De inmediato, le llevaron al veterinario, que le detectó un tímpano reventado, el otro oído perforado, un ojo en blanco y metralla incrustada por todo el cuerpo.
La hermana de Gorka, Saioa, con una entereza encomiable, mostraba su «disgusto» e «incomprensión» por lo sucedido. «En este barrio hay gente obrera que no ha podido ir a trabajar por culpa de esta gentuza. Perjudicar a los demás no es una forma coherente de arreglar nada. Sin hacer daño se pueden tener los ideales que quieran», reflexionó.
Esquirlas a 50 metros
La potente onda expansiva de la explosión lanzó esquirlas a más de cincuenta metros de distancia, algunas de las cuales dejaron su huella en la fachada del número 134 de la calle Zamakola. Justo debajo, Javi y Estíbaliz, curiosamente sobrinos de los regentes de la casa del pueblo, tapaban con plástico la ventanilla trasera de su monovolumen, hecha añicos por un trozo de metralla, que abrió un boquete en la carrocería. Impresionaba ver a escasos centímetros dos asientos infantiles que habitualmente ocupan sus hijos.
La segunda bomba que coloca ETA en seis meses en un radio de acción de 200 metros -el escolta Gabriel Ginés salvó su vida de milagro tras explotar un artefacto en su coche- ha acabado por sacar de quicio a los vecinos de La Peña. Tomás mostraba su hastío cuando recordaba el desalojo de uno de los edificios próximos a la casa del pueblo. «Poco después de las cinco de la mañana, la Ertzaintza aporreó la puerta y nos dijo que cogiéramos ropa de abrigo y paraguas, porque llovía y había un aviso de bomba. Mi mujer y yo cogimos a los hijos de cuatro y nueve años y nos llevaron a la estación de tren. Cuando he vuelto, hacia las ocho y media, estaba toda la casa llena de cristales. No quedaba uno entero. Es un auténtico desastre», se lamentaba desesperado.












