
Al-Qaida no tenía presencia en Irak hasta que Estados Unidos le abrió las puertas. Abominables atentados indiscriminados, unas veces, y contra objetivos seleccionados por razones políticas, otras, vuelven a sucederse a un ritmo infernal y las bajas de civiles alcanzan proporciones de holocausto. Ayer, en una aldea cercana a Kirkuk, en el norte kurdo, se dieron varios pasos hacia el pasado cuando un suicida hizo estallar en un funeral el cinturón de explosivos que llevaba escondido bajo su ropa. Causó la muerte de una número indeterminado de personas, sesenta según algunos recuentos, una treintena según otros. «Había cadáveres por todas partes, fragmentos de cuerpos despedazados», dijo un testigo para describir un paisaje ya habitual en Irak.
En esta ocasión se pretendía golpear a la comunidad suní en el entierro de dos conocidos miembros de su milicia auxiliar Consejo del Despertar, creada a golpe de talonario por los servicios norteamericanos con antiguos integrantes de las fuerzas de seguridad del dictador ahorcado. Este colaboracionismo, incompatible con los mensajes de la insurgencia suní de los dos o tres primeros años de guerra, había conseguido frenar las matanzas diarias, pero la sangre ha vuelto a su cauce porque Al-Qaida, organización estrictamente de esta comunidad religiosa que considera a los chiíes herejes irrecuperables, quiere mantener el caldo de cultivo que tanto beneficia a sus intereses de caos.
Los norteamericanos habían logrado más o menos la neutralización de los suníes y pretende hacer igual con el único factor chií que se resiste, el liderado por Moqtada al-Sadr y personificado en su Ejército del Mahdi. Las aproximaciones políticas se han dado, pero no parecen fructificar como pudo demostrarse hace escasos días en las calles de Basora. Con quienes jamás podrán conectar serán con las huestes de Al-Qaida y ahora Al-Qaida reina en Irak.
En las montañas
El atentado se produce dos días después de la jornada de ataques particularmente sangrientos, que dejaron más de cincuenta muertos en ciudades de la región donde la organización terrorista se muestra más operativa. Está situada próxima a las montañas de Hamrin, que sirven de refugio a grupos afiliados a la red terrorista. Un territorio escabroso, muy similar al de Afganistán en donde, supuestamente, se esconde el propio Osama bin Laden. Allí las macrooperaciones militares estadounidenses se han demostrado inútiles y los insurgentes campan por sus anchas ante la impotencia de los líderes tribales, desprestigiados por acercarse a Washington.







