
Santiago Bretón comenzó a plantearse los beneficios de la convivencia con perros hace unos años. «Yo soy separado, y tengo un crío que se encerró en sí mismo, no había forma de que hablase», recuerda. Fue entonces cuando adoptaron a Bruno, un boxer marrón atigrado. «Empezamos a trabajar con el perro y el chaval se fue abriendo. Hoy en día es un niño normal», explica.
Bruno comenzó a desatar pasiones allá por donde iba. «Un día estábamos comiendo en el campo con él y se nos acercó un grupo de discapacitados, les chocaba mucho y nos pedían que les dejásemos el perro», señala. Su rostro reflejaba «mucha satisfacción y alegría» y esto reconfortó a Bretón. Por ello, comenzó a utilizar a Bruno para trabajar con discapacitados y con autistas en Logroño y Navarra.
Después llegaron Curro y Hanna, dos cachorros de boxer que hacen las delicias de los ancianos con sus juegos. Tras comprobar los beneficios que las terapias con los tres perros ejercían sobre personas con alguna discapacidad, Bretón pensó que también podrían ayudar a las personas mayores.
Medio rural
En el caso de la Residencia Los Jazmines, la terapeuta ocupacional Esther Pérez reconoce que el perro es un instrumento «muy eficaz, sobre todo por tratarse de personas mayores que han vivido muchas ellas en un entorno rural; el perro les estimula, les trae recuerdos».
La elección de la raza boxer, por otra parte, no es fortuita. «Consulté a adiestradores y todos me dijeron que el boxer es uno de los perros más sociables y tiene uno de los índices más bajos de mordida», explica Bretón. No en vano, este tipo de perros se ha comenzado a utilizar también como lazarillos y son grandes agentes destacados en las policías de EE UU y Alemania.






