Hasta medio millar se reparten, en total, por toda España, aventuran en el selecto Club de Sastres, donde sus 27 miembros visten a la flor y nata del país, entre otros, al Príncipe Felipe y al presidente José Luis Rodríguez Zapatero. La mayoría están en Madrid.
En los años 50 y 60, en el taller de los Larraínzar de la calle Cedaceros de la capital trabajaban 60 personas, se hacían 4.000 trajes al año y les ayudaban seis talleres externos. Ahora que llevar un traje a medida se va convirtiendo en un lujo que sólo saben apreciar los que están por encima del tiempo y las modas, cosen unos 300 anuales, se ayudan de seis personas y colaboran con dos talleres, advierte Gonzalo, la tercera generación de la saga.
Como ellos, quienes se dedican al oficio sobreviven, gracias a su talento implacable para detectar todas las imperfecciones de las anatomías y para convertir envergaduras físicas desastrosas en brazos de mar, con los clientes que no encuentran su talla en las tiendas; y también con los que tienen otro gusto para vestir o necesitan salir con la cabeza bien alta de una ocasión especial: una entrevista de trabajo, una reunión de ejecutivos, una ceremonia... Culpa, achacan voces de la profesión, de los nuevos tiempos, que parecen haber dado por perdido el concepto de calma en las compras y el placer de buscar tejidos para un traje y una falda, y que, por el contrario, demandan prendas que puedan ser probadas, usadas y desechadas en la misma temporada. Por poco dinero y de calidad cuestionable. Qué más da, si otra moda espera.
Y culpa por partida doble, tampoco hay que negarlo, pues falta relevo en los talleres. Como el sastrecillo del cuento que mató siete moscas de un solo golpe, Alfonso de Leciñana, el presidente de los Maestros Artesanos de Vizcaya, no acostumbra a dar puntada sin hilo, pero se envalentona: «Los jóvenes no quieren aprender a coser, pero eso es porque no saben la cantidad de vacantes que hay en este mundo». Lo dice él, que aprendió a coser un botón casi tan pronto como a leer y escribir, en una época en la que todo lo que tenía que ver con la casa, la costura y el bordado era cosa de chicas, que recibían clases de labor en el colegio. Entonces tampoco los sastres eran amigos de hacerse publicidad, que tampoco les hacía gran falta. Los trajes sentaban bien, los clientes quedaban contentos y llegaban otros recomendados por aquéllos. Y los que llamaban por su cuenta, es de suponer que conocían el estilo de la casa y les gustaba dejarse llevar por el buen consejo de sastre; 'la mano', que suele decirse.
Pero, pese al maridaje de arte e industria que hay en los trapos artesanales, el 'prêt à porter' no cose y el porvenir luce -más bien, desluce- manga por hombro. Eso sí, será manga de 'Gorina' y no de manta zamorana, una prestigiosa casa textil de Sabadell que no tiene nada que envidiar a los mejores cortes ingleses. «Ya no se utilizan tejidos gruesos», explica Arantza Matías, gerente de la empresa familiar de tejidos Rafael Matías, en Bilbao, que celebra este año su cincuenta aniversario, y que cada temporada reparte 1.600 catálogos con más de 800 muestras de telas entre modistas y profesionales de la costura a medida por todo el país. Y, si se es más espléndido, se puede optar por Loro Piana, una firma italiana que en el oficio es considerada como la mejor del mundo. Cada metro de estas lanas exclusivas vale unos 180 euros y sólo pesa 270 gramos, así que, hoy por hoy, los conjuntos de verano sólo se diferencian de los de invierno por el color.
«Alergia a los vaqueros»
«Los precios de un sastre a la antigua parecen caros, pero es que el producto es muy bueno y dura mucho», coinciden Cristina Tapias y Fermín Arteaga. Ella, modista y nieta de la creadora del sistema de patronaje Adrada, María Jesús Adrada, caracterizado por sus líneas sencillas. Él, maestro artesano durante los últimos 52 años en el taller Juan Ugarte en el casco viejo de Bilbao. Planchados y rematados por ellos mismos, la primera ha escogido para la entrevista una blusa de popelín con lorzas y pantalón recto. Él, que tiene «alergia a los vaqueros» porque con ellos se encuentra como «muy oprimido», se viste de traje con raya diplomática... Suerte que evitan reprobar el conjunto de quien les interroga y enseguida cuentan su historia desarrollada entre telas.
En un cajón de sastre entra todo: hilos de mil tipos, tijeras, botones, cremalleras, metros, dedales, agujas, alfileres, pedacitos secos de jabón para marcar la tela... «Antes vendíamos 6.000 libros donde se explica el patronaje Adrada; y ahora vendemos 60», comienza Cristina Tapias. Sentada frente a un maniquí vestido de gala -«es un conjunto para una niña de catorce años que tiene que ir a una gala de fin de curso»-, se adivina en esta mujer ese «talento para averiguar» que la abuela le contagió mientras cursaba la carrera de Económicas.
Hasta que optó por la aguja y el hilo en lugar de los números. «La capacidad espacial para ver un modelo y, en la cabeza, saberlo desmontar es la que caracteriza a la modista y al sastre», argumenta. Sus alumnas le piden copiar modelos de las revistas, «los Armani que lleva Penélope Cruz, en esta foto, por ejemplo», señala. Y con el patrón Adrada que se inventó en un taller de la calle Buenos Aires de Bilbao consiguen un Armani, «pero a precio de Tapias, que es lo que más me fastidia», bromea Cristina. «Un traje de mujer lleva unos dos metros y medio de tela. Un tejido un poco bueno ya sale a 60 euros el metro, y luego está la mano de obra. Ahora bien, no sale más caro que en una tienda de marca, y llevas una pieza exclusiva para tu cuerpo», resuelve.
Fermín Arteaga se presta a contar algún que otro truco. «El patronaje tiene muchas transformaciones de pinzas. Pinzas para disimular la tripa y la chepa, para dar forma a los trajes... Encajar bien las mangas es lo más difícil. Todos tenemos un hombro más alto que otro. ¿Qué puede hacer la confección en serie o industrial contra eso?», apunta. Cristina Tapias confeccionó y regaló a su cuñada el traje de novia. «Ya me ha tocado alguna de ésas. Ahora que me he adelgazado, me he desprendido de quince trajes», le sigue Fermín.
13 horas, la chaqueta
El hombre empezó como aprendiz de sastre a los trece años. «Recuerdo que de Todos los Santos a Navidad hacíamos más de 90 trajes semanales, 17 personas en taller, y casi me da vergüenza decir los que están hoy: tres». Además, confeccionaban trincheras, gabardinas, abrigos... Trece horas de trabajo llevaba la chaqueta y cuatro más el pantalón, cuando no había las máquinas de coser que trajo el carro de la modernidad. «Para picar los cuellos, te ataban los dedos corazón y anular de la mano para que, al dar puntadas, no te pincharas con la aguja. Todavía hoy viene gente con pantalones de hace 18 años, para algún arreglo», añade.
Enganchados al carro de la modernidad, los dos profesionales aceptan con resignación micromotivos entretejidos en las telas, pantalones de pata más estrecha, entalles en las chaquetas y los hombros y solapas de menos centímetros que antes. A Fermín Arteaga le hacen «daño» los pantalones caídos con los que las generaciones jóvenes «barren las aceras». Los arreglaba él con dos puntadas y un certero tijeretazo.
i.alvarez@diario-elcorreo.com






