La izquierda amortiza ya el fracaso de Veltroni lamentando que su presentación haya sido prematura, porque está desunida y la mitad del país desconoce su proyecto. Lo que no se dice es que es la tercera vez que los italianos prefieren a Berlusconi y que la última perdió por los pelos y el Gobierno de Prodi que le sucedió ha vivido en perpetuo sobresalto y durado un suspiro. Sin contar su falta de agallas para emprender un proyecto innovador, progresista y separado de la línea de flotación del Vaticano. Ni siquiera se ha sentido con fuerzas para abordar la reforma constitucional que evite a un Gobierno ser deudor de partidos políticos intrascendentes.
Berlusconi vuelve en mal momento, porque lo malo llega siempre a destiempo. Y significa retroceder. Italia lo que necesita no es un septuagenario animador de cruceros, sino un líder cabal y sin miedo, que se separe de la tradicional observancia del chanchullo y dé paso a una idea de sociedad moderna, madura e ilusionada. Argumentaba recientemente un colega su admiración por un país que ha tenido el valor de enviar a la Juventus a segunda división. Asunto fundamental que más que valor encierra un peculiar sentido de lo que realmente importa y qué cosas esenciales inspiran las revoluciones en Italia.






