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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

La Rioja

LA RIOJA
De Haro al cielo
Los pilotos Ayala y Losada abren una línea de vuelos turísticos en globo aerostático sobre la Sierra de la Demanda
07.04.08 -

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De Haro al cielo
EZCARAY, desde el cielo, y al fondo la Demanda. / R. SOLANO
Ejercicio pionero. Los pilotos Óscar e Iván Losada, y César Losada, realizaron este fin de semana el último de los vuelos programados por el Club Riojano de Aerostación para evaluar las diferentes corrientes de vuelo que se definen sobre la Sierra de la Demanda y, de esa manera, concretar la oferta que pueden plantear a las personas interesadas en conocer la imagen que ofrece, desde más de 4.000 metros de altura, la cima del San Lorenzo y el almidonado aspecto que, desde la barquilla de un globo, ofrece el resto de las montañas y barrancos que definen el conglomerado de barreras naturales levantadas por el cruce de los continentes entre La Rioja y Castilla.

Apenas 45 kilómetros separan las eras de Ezcaray de las soleras de Salas de los Infantes. Lo demostró el sigiloso vuelo de la expedición que impulsó la entidad jarrera este fin de semana y que integraban tres globos pilotados por Óscar e Iván Ayala y el baracaldés Félix Santa Coloma.

Por carretera, comprobaron los rescates que dieron apoyo a las tres aeronaves, ni se disfruta del magnífico espectáculo que muestra la tierra a las aves que surcan sus cielos, ni resultan tan plácidos los trayectos, ni se recorre con parsimonia un tramo tan corto.

A todos ellos les demostró el flujo circulatorio de las carreteras nacionales, la visión es plana, sin perspectiva casi, y se complica con el control de los mandos del vehículo y la persistente presencia de otros automóviles que tratan de acortar tiempos y distancias.

Las corrientes de aire que circulan en diferente sentido, según las capas de altitud que se sondean, repartieron el aterrizaje de los tres en un radio de tres kilómetros, en el epicentro de Barbadillo del Mercado, pero en todos los casos a una velocidad de tres kilómetros por hora (a 4.000 metros se rozaban los treinta) que convirtieron la toma de tierra en una caricia imposible.
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