
Zaragoza estaba dispuesto a llegar donde hiciera falta para que su tierra fuera un referente turístico internacional. Así, tras conocer en Helsinki a una familia lapona de cazadores de ciervos, la llevó de aeropuerto en aeropuerto por toda Europa, con un cartel que explicaba -en castellano e inglés- que iban a pasar sus vacaciones en Benidorm. Fue portada de multitud de publicaciones. Por ello, es visto por los expertos como un precusor del márketing moderno.
Se le considera el actor principal del despegue turístico de lo que hasta entonces era un idílico pero pobre pueblo pesquero. Marcó un modelo de crecimiento que ha sido imitado por otras ciudades. No en vano, todos sus sucesores en la Alcaldía han seguido su ejemplo. Zaragoza acabó con el pueblo de pescadores -de apenas 1.700 habitantes a principios de los años 50- y lo transformó en una populosa urbe dedicada a explotar los atractivos de su clima benigno y sus grandes playas. Bloques de cemento surgieron apiñados desde la orilla hasta la montaña, para acoger a millones de extranjeros y sus codiciadas divisas. Este urbanismo feroz, íntimamente ligado a la fórmula de sol y playa, se extendió como un reguero de pólvora por todo el litoral español, hasta colapsarlo.
La capital española del turismo perdió a su creador en la madrugada de ayer. Pedro Zaragoza, de 85 años, ingresó el viernes en el Hospital de Levante de la ciudad a causa de una insuficiencia coronaria. La dolencia derivó en un encharcamiento de los pulmones y el colapso de sus órganos vitales.
Inmediatamente después de conocerse la noticia de su fallecimiento, llegaron al centro médico multitud de amigos y conocidos, que acompañaron toda la noche a la viuda, María Ivars, y sus cuatro hijos.
La gente que le trataba le llamaba Don Pedro, y alababa su espíritu inquieto y su alma joven. Persona afable y culta, ayer le recordaban como un conversador insaciable, hombre muy religioso y gran amigo de sus amigos.






