
HOY, DOS PARTIDOS
Su rostro del pasado sábado tras la miserable actuación de los azulgrana en el Ruiz de Lopera llamaba a la compasión. Su imagen revelaba dos cosas: que ya no sabe lo que hacer para enderezar un grupo a la deriva y, lo que es aún peor, que da la sensación de que ningún futbolista le va a ayudar a hacerlo. De otra manera no se entenderían la desidia y la desgana de una plantilla que necesita una reconstrucción desde los cimientos para volver a ser la que fue. Para más inri, el aficionado blaugrana ha visto al Barça perder la segunda plaza de la Liga en favor del Villarreal y se desayuna los lunes con las imágenes de los goles de un recuperado Raúl, icono del líder Real Madrid. Las desgracias nunca vienen solas.
Y, en tiempos revueltos, suelen buscarse soluciones drásticas. En el entorno culé se ha extendido la opinión de que sólo una persona de la casa, conocedora de todos los vericuetos de Can Barça, sería capaz de mantener vivo al equipo hasta final de temporada y blindarle de asuntos tan turbios como el 'culebrón Ronaldinho', una telenovela con guiones surrealistas que ha desestabilizado el club desde su primer capítulo. Da la sensación de que los futbolistas han perdido definitivamente el sentido de grupo, clave en los recientes éxitos de los barcelonistas.
En este contexto surge la figura de Pep Guardiola, el símbolo culé por excelencia. El ex futbolista internacional, entrenador del Barcelona B, de Tercera, tendría ante sí la difícil misión de dar a la primera plantilla un estilo reconocible y resolutivo. La tendencia a la endogamia en los momentos de crisis es algo habitual en el fútbol español, con resultados dispares.
El bombo fue benigno con la tropa de Rijkaard en el cruce de cuartos de Liga de Campeones y le emparejó con el Schalke 04. En condiciones normales el Barça le eliminaría nueve veces de cada diez. Pero, con la que está cayendo, cualquiera sabe. La única buena noticia para el holandés es que hoy podrá alinear a su defensa de lujo -Puyol, Milito, Márquez o Thuram y Abidal-, ya que los alemanes son portentosos en el juego aéreo. Los 90 minutos quizás no resuelvan la eliminatoria, pero sí el futuro de Rijkaard.






