
El resultado de un fin de semana de seguimiento grabado con cámaras ocultas arroja distintas tomas de Asier. Son del pasado viernes. El chaval sale de casa y entra en un bar donde beben varias cervezas, luego cubatas. Se mete en un coche con la música a todo volumen que le conduce a la velocidad del rayo a una discoteca vitoriana. En plena sala fuma porros sin parar. Ya en el baño, esnifa una sustancia blanca. Caso confirmado. No es el único. Una media de dos familias al mes recurren en Álava a los servicios de investigadores privados para averiguar si sus hijos se drogan, como sospechan.
Los investigadores que suelen descubrir los entresijos de bajas laborales falsas, infidelidades matrimoniales o espionaje industrial se están empezando a acostumbrar a arrojar luz sobre lo que hacen los adolescentes. «Está a la orden del día», recalcan varios profesionales consultados.
La mayor parte del trabajo lo copa la agencia Abando. Ocho jóvenes espías se encargan de mezclarse entre los menores. Como es lógico, prefieren no detallar demasiado sus tácticas. Manejan alta tecnología. Suelen ir de dos en dos y llevan consigo cámaras ocultas escondidas «en la ropa o en un simple bolso de mujer».
Pero el despliegue no es infalible. A veces resulta imposible captar una prueba. «El hecho de meterse una pastilla en la boca dura un segundo, y además lo hacen con disimulo». En todo caso, estos profesionales conocen la forma de facilitar un test de drogas a sus clientes. «En el pelo siempre se quedan los restos de las sustancias tóxicas», remarcan.
¿Por qué contratar sus servicios? Porque ellos llegan «mucho más lejos que los padres. Seguir a un joven no es fácil. Se mueven rápido y si van a un bar y entra alguien de su familia lo más probable es que le descubran», afirman. Su máxima es pasar desapercibidos para lograr culminar el trabajo con éxito.
Cuando llegan los resultados, algunos clientes reciben «un gran impacto». No sólo escuchan numerosos datos, sino que ven abundante material audiovisual fruto de varias horas de seguimiento. Las fotografías y los vídeos despejan todas las dudas. Luego queda respirar hondo y actuar antes de que el problema sea irreparable.
«Todo el mundo da por hecho que su hijo es maravilloso y que todos los rumores son falsos. Pero luego descubren que compra estupefacientes, que los consume o que incluso tiene amigos que los venden. La realidad es demoledora, y nosotros sólo nos dedicamos a descubrirla», explica una de las responsables de Abando.
Precios
Lo que médicos, psicólogos y otros agentes sociales de la ciudad llevan años advirtiendo, lo confirman los detectives con sus pruebas tozudas. «La droga es fácil de conseguir y se toma sin medir sus consecuencias».
Por eso hay niñas de 15 años que salen de casa «muy monas, bien vestidas y con apariencia formal, pero luego hay que verlas. Consumen de todo. Igual vuelven a casa a las diez de la noche, puntuales, y nadie nota nada en su casa. Pero van colocadísimas», aseguran estos profesionales.
Los espías de esta empresa y otros que trabajan a título individual prefieren no adelantar el precio que cobran por sus investigaciones. «Es que depende de cada caso. A veces tardamos horas; y otras, días. Cada caso requiere medios distintos. Unos, más personal. Otros, más medios de transporte», razonan. A modo de ejemplo, empresas similares que trabajan en ciudades como Barcelona y Zaragoza cobran de media entre 600 y 1.000 euros por un fin de semana de seguimiento.
i.cueto@diario-elcorreo.com






