
El análisis de sus hallazgos arqueológicos en la zona le ha permitido reconstruir el modo de vida de sus primeros pobladores. Lo contará esta tarde, a las ocho de la tarde, en la polivalente de Bernedo. Detallará cómo hacia el año 13.000 antes de Cristo, el territorio alavés empezaba a ofrecer, por lo general, unas adecuadas condiciones para el asentamiento humano, tanto desde el punto de vista climático como de recursos naturales.
«A partir de hace unos 8.500 años contando desde hoy, la zona era mucho más boscosa, y la fauna muy diferente. Allí se podían cazar corzos, ciervos, uros (una especie de toros salvajes), jabalíes, sarrios, gatos monteses », apunta Alday. No es de extrañar, por tanto, que fuera elegida como zona de asentamiento por los últimos cazadores, que protagonizaron la fase final del Paleolítico y el Mesolítico. Practicaban la recolección. Pero sobre todo, cazaban.
Las cacerías tenían lugar entre finales de la primavera y principios del verano. Los hombres del grupo se encargaban de fabricar arcos y flechas a partir de madera y sílex, material que tenían que ir a buscar a Treviño, Urbasa o la reserva de Urdaibai.
No vivían en cuevas
«Eran poblaciones muy dinámicas, se podría decir que eran nómadas aunque dentro de un mismo territorio. Levantaban varios campamentos en una misma área y se desplazaban de uno a otro. No vivían en cuevas, sino en pequeños refugios al amparo de las rocas, cercanos a cursos de agua. Allí hacían sus hogueras y se reunían en torno al fuego para calentarse y cocinar».
El fuego también lo utilizaban para conservar los alimentos. Nada más concluir la cacería, troceaban las presas y las ahumaban para que se mantuvieran en buen estado durante más tiempo. Una de las características más sorprendentes de estos primeros pobladores tiene que ver con su afición por el adorno. Lucían conchas, procedentes del Cantábrico o incluso del Mediterráneo.






