Pero, desde que se inventó el maldito sistema de los contestadores automáticos, las consultas resultan un desagradable peregrinaje de numerito en numerito (pulse uno... pulse dos... pulse tres...) hasta que llegas al final de la cadena contestadora y tienes que resolver tu problema hablando tan sólo con frías voces automáticas.
Ahora todo lo hace la máquina, y eso es lo que me resulta desesperante; y ni siquiera me queda el consuelo de mandar a la voz mecánica a paseo o al carajo, porque la maquinita es inmune a las indirectas (o a las directas) y resultaría ridículo ponerse a discutir con un sonsonete.
Hace un par de días tuve necesidad de hacer una consulta a una empresa de telefonía que tiene nombre de naranja, porque se llama Orange. Llamé al teléfono de atención al cliente y allí comenzó la peregrinación telefónica, porque me respondió una voz mecánica dándome la opción de pulsar el uno, el dos o el tres. Pulsé el número correspondiente y me salió otra voz mecánica con otras tres opciones, y vuelta a empezar.
Por tercera vez, la mecánica voz femenina (siempre son voces femeninas, no sé por qué) me ofreció otras tres numeritos a elegir con la cantinela habitual (pulse uno... pulse dos... pulse tres ), elección que no siempre resulta fácil para el cliente. Pero tuve suerte de pulsar el número adecuado y cuando pensé que había llegado al final de mi aventura, escuché otra vez (y van cuatro) el desagradable sonsonete del pulse uno... pulse dos... pulse tres...
Cuatro veces tuve que repetir la jugada para llegar al final, y cuando pensé que iba a hablar con una señorita de carne y hueso a la que poder decir cuatro cosas sobre su sistema de telefonía mecánica, nuevo chasco; la consulta me la resolvió otro sonsonete. ¿Chúpate esa mandarina Severina! ¿Entienden ustedes que añore a las telefonistas de verdad?






