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DE CUANDO EN CUANDO
La vejez
28.01.08 -

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Suelo leer esa sección de nuestro periódico titulada 'Cartas al director' porque en ella encuentro a menudo temas comentables, y hace unos días me encontré con una carta titulada 'Síndrome de vejez', tema en el que puedo meter baza con conocimiento de causa y efecto.

La carta se refería a la edad en la que aparece el síndrome de vejez y que el firmante situaba alrededor de los sesenta años. Y con todos mis respetos para el autor de la carta creo que está equivocado porque a esa edad los ciudadanos están aún trabajando y cuando uno trabaja no se siente viejo. Veterano sí, pero viejo no.

(Aquí, un inciso para aclarar que aunque he dicho ciudadanos me refiero también a las ciudadanas, porque no me gusta esa formula de ciudadanos/as. Siempre se ha considerado gramaticalmente a ambos sexos incluidos en el género masculino y cambiarlo ahora por el os/as me parece una fórmula más bien quisquillosa. Y dicho esto, sigamos con el síndrome de vejez).

Si se me permite intervenir en el tema yo diría que el síndrome de vejez, como el síndrome de juventud, por ejemplo, no tienen edades fijas y son tan sólo la consecuencia de las circunstancias de cada cual. Hay personas que envejecen pronto y las hay que envejecen tarde y hay que buscar una circunstancia especial que sea la que determine el momento en que aparece el síndrome de la vejez.

En mi caso, (cada cual cuenta la feria según le va en ella), llegó afortunadamente tarde y me di perfecta cuenta del momento en que se presentó. No puedo recordar la edad que tenía, pero si el hecho. Y el hecho llegó el día en que una señorita me cedió su asiento en el metro. Un hecho que se acentúa, aún más, por la costumbre arraigada en los jóvenes viajeros de este medio de transporte, que consideran las reglas de cortesía como música celestial.

Hasta aquel día yo me consideraba aún dentro de la llamada edad madura y así me veía yo en el espejo. Pero los demás, por lo visto, no pensaban igual que yo, y entre ellos se incluía la señorita que, con su mejor intención, me metió de golpe y porrazo en el mundo de la tercera edad. No se lo reprocho, por supuesto, pero por las razones que acabo de exponer, tampoco puedo agradecérselo.
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