Un total de 119 mujeres estaban recluidas a finales del año pasado en las prisiones de Nanclares de la Oca (Álava), Basauri (Vizcaya) y Martutene (Guipúzcoa). Apenas representaban el 8,3% de toda la población penitenciaria de la comunidad autónoma (1.426 presos), una circunstancia que explica, a juicio de la Fundación Zubiko, por qué las cárceles no están preparadas para ellas.
«En Euskadi no hay un centro para mujeres. Ingresan en módulos habilitados en cárceles de hombres, unos establecimientos que son gestionados por y para ellos. A veces, ni siquiera tienen un patio. El gimnasio es una simple sala», explicó Aurora Urbano.
La Fundación Zubiko entrevistó de forma exhaustiva a veinte reclusas de Nanclares y de Basauri, donde ese organismo ha puesto en marcha varios programas de asesoramiento y de inserción social. Son presas de escasa o nula formación, que se han criado en ambientes machistas y violentos, y que han tenido o tienen problemas con las drogas. Algunas son extranjeras. «Cuando acaban en la cárcel, sus parejas no suelen ocuparse de los niños, de modo que la tutela recae en familiares o en las instituciones -indicó Aurora Urbano-. La sociedad analiza con más dureza a las mujeres que transgreden las normas sociales y que pagan su deuda en la prisión. Si, además, son madres, el prejuicio será doblemente duro».
Roles de género
Las autoras del informe también han conversado con veinte presos varones, la mayoría procesados por delitos contra la propiedad, y con veinte mujeres que no están en la cárcel, pero mantienen una relación sentimental con un recluso. La conclusión a la que han llegado es que el sistema penitenciario refuerza los roles de género, ofrece a la mujeres peores condiciones de vida y, en definitiva, las castiga por partida doble.
«La mujer del preso ejerce el papel de cuidadora, se ocupa de la unidad familiar -insiste Aurora Urbano-. Pero si la reclusa es ella, entonces es abandonada. Se queda sola y la familia desaparece; sobre todo, cuando se repiten las condenas. Su vínculo con exterior se rompe y ya no encuentra una motivación para salir».
Según la Fundación Zubiko, la sociedad ofrece a los hombres más posibilidades de reinserción sociolaboral que a las mujeres. «Hemos comprobado que una presa analfabeta y toxicómana puede mostrar afán de superación», dijo Araceli Fernández.






