
Trece años después, este mismo agente tendrá que volver a recordar aquel brutal atentado. Un tribunal médico de la Seguridad Social reconoció, el pasado mes de mayo, que las secuelas psiquiátricas que le dejó el ataque han empeorado, por lo que, en estos momentos, debe recibir una invalidez absoluta. Su caso, según los expertos, se corresponde al de un accidente de trabajo por atentado terrorista. Pero la mutua que debe correr con los gastos está en desacuerdo sobre el diagnóstico y considera que no existe nexo entre los problemas que sufre el ertzaina y el atentado. La diferencia es sustancial. Según el criterio de la Seguridad Social, el agente debe cobrar una pensión del 200% de su salario. Según la mutua, su caso no se deriva de un accidente de trabajo, por lo que no tiene derecho a percibir ningún tipo de extra.
Los médicos diagnosticaron que el ertzaina padece un síndrome de estrés postraumático con trastorno de personalidad. Esta enfermedad comenzó a diagnosticarse en la I Guerra Mundial, al examinar a los veteranos que regresaban trastornados del frente. Lo que vivió el ertzaina el 24 de marzo de 1995 en Rentería no difiere del horror de una batalla.
A las ocho de la tarde de aquel día, cinco agentes se dirigían en su furgoneta a una zona de Rentería en la que se esperaban disturbios. No sabían que se encaminaban a una emboscada. Al llegar a la altura de un autobús incendiado, un grupo de radicales lanzó sobre ellos una lluvia de 'cócteles químicos', elaborados con gasolina y ácido sulfúrico. Jon Ruiz Sagarna recibió de lleno el impacto de las botellas inflamables. El casco antidisturbios se fundió en su cabeza. Estuvo un mes entre la vida y la muerte.
Otro agente se rompió el hombro intentando abrir la puerta atascada, salió con el uniforme en llamas y rodó por el suelo para apagarlas. Cuando sacó su arma para intentar defenderse, el plástico de la empuñadura, derretido por el fuego, se le pegó a la mano. En el juicio contra los tres autores de la emboscada, celebrado en mayo de 1996, el policía recordó cómo sólo escuchaba los gritos de las dos jóvenes que habían atropellado y veía cómo los ciudadanos que querían socorrerle se acercaban con las manos en alto. No había podido soltar su arma.
El agente al que ahora la mutua deniega la invalidez total consiguió salir de la furgoneta con las manos envueltas en llamas. Sufrió quemaduras en el 8% del cuerpo. En 1998 le concedieron una invalidez parcial. Tres años después, su médico de cabecera le recomendó que comenzara un tratamiento psiquiátrico, debido a los problemas que sufría por el recuerdo de la emboscada. Su caso fue empeorando.
«El siguiente»
Ante el juicio que hoy se celebrará en Bilbao para estudiar el caso del agente, el sindicato de la Ertzaintza Erne ha convocado un acto de protesta por la decisión de la mutua de no pagar la incapacidad absoluta. En un comunicado interno, la central ha pedido que se apoye «al compañero». «Nunca sabemos quien va a ser el siguiente», concluye Erne.






