Hoy añado a mi oploteca la nueva arma que se utilizó en una trifulca promovida en la plaza del mercado entre dos antiguos novios, riña que degeneró según parece en un buen escándalo a juzgar por el adverbio que utilizó el periodista en la gacetilla. Se supone que dos novios que rompen sus relaciones se quedan siempre con ganas de cantar las cuarenta a su pareja y esto fue sin duda la causa de la discusión.
El que más ganas tenía de cantar las cuarenta era sin duda el novio, que fue quien acudió al puesto de su novia merlucera y allí se organizó la trifulca. Y como en estos casos cada cual utiliza las armas que tiene a su alcance, vean de qué forma se resolvió la reyerta:
«La novia, en el calor de la pelea cogió una merluza y la arrojó sobre el licenciado que contestó al 'agasajo' con un bofetón por lo que se le impuso la multa de cinco pesetas».
No apruebo lo del bofetón, porque siempre me pareció indigno de un hombre aprovechar la superioridad física, aunque le peguen con una merluza en las narices. Lo lógico en este caso hubiese sido aplicar la ley bíblica del Talión que dice fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente y en este caso merluzazo por merluzazo, pero dejando las manos quietas.
Así debió entenderlo la autoridad que fue la que sopesó ambas agresiones indultando a la novia e imponiendo la multa al novio, y ahora viene el fin de fiesta. Léanlo:
«La multa fue pagada por algunas merluceras en gracia al rato de risa que habían pasado». De esta forma se resolvió el lance amoroso y yo he podido añadir una nueva arma a mi curiosa oploteca.






