Pero la climatología fue más allá. Hasta llevar la contraria al grandilocuente nombre con que se había bautizado el dispositivo de seguridad tejido para proteger al inquilino de la Casa Blanca -'Cielos despejados'-- y forzar al presidente a sumergirse de repente en la pesadilla de los puntos de control militar, el muro de hormigón, la alambrada de sensores y la mísera realidad de Ramala. Pero la niebla, tozuda, densa, devenida en nubarrón, impidió despegar al aparato, y el mismo Bush que imaginó empezar el día tomando el té ante auroras doradas, se vio viajando en coche entre las basuras del recorrido palestino. Sin banderas festivas, como en Jerusalén, ni gentíos de bienvenida a su paso. Sino calles desiertas y ventanas vacías, porque la Autoridad había registrado sus casas, decretado toque de queda, cierre de tiendas, que nadie se mueva, para garantizar el orden y quitarse de encima riesgos que molestaran la vista del ilustre invitado.
El convoy con el presidente a bordo fue conducido por el punto de control más amable, el de Beit El, sólo para privilegiados y emergencias. Pero, con todo, la comitiva no pudo por menos que atravesar decenas de barreras israelíes. «Comprendo la frustración de los palestinos por tener que soportar estos puestos de control, pero también comprendo que los israelíes quieran un cierto grado de seguridad mientras no se instaure una confianza entre una y otra parte», confesó Bush.






