
Si se hace caso a los enterados, hay boda a la vista en palacio. Ya lo pregonó hace unos días la madre de la novia. «El presidente me ha pedido su mano. Yo le he dicho: señor presidente, no hay ninguna razón para negársela. Carla vive una auténtica historia de amor», reveló entonces Marisa Borini, quien aparecía en las fotos tomadas en Disneyland París que a mediados de diciembre oficializaron el idilio.
Durante el fin de semana pasado por la pareja en Jordania, la modelo reconvertida en cantante ha lucido el anillo de compromiso: un corazón de diamante rosa firmado por Victoire de Castellane, diseñadora de joyas en la casa Dior. El pretendiente fue correspondido con un reloj de acero gris fabricado por el relojero suizo Patek Philippe.
Los novios, invitados por el rey Abdalá II, se dejaron ver por las ruinas de la ciudad rosada de Petra, emblema del corazón partido de Sarkozy. La maravilla arqueológica había sido el escenario de la escapada de su segunda mujer, Cecilia Ciganer-Albéniz, con el publicista Richard Attias, cristalizando una ruptura que el pasado octubre se formalizó en separación por mutuo acuerdo. En su simbólica restauración sentimental, el presidente llevó a hombros a Aurélien, hijo de su prometida y del filósofo Raphaël Enthoven, con el que no llegó a contraer matrimonio. Sarkozy es padre de tres varones, frutos de sus dos anteriores uniones.
El jefe del Estado tiene previsto hablar mañana de su comentado noviazgo en una rueda de prensa organizada en el Elíseo. Algunos analistas creen que la puesta en escena de su vida privada es uno de los factores del desplome de siete puntos experimentado en un mes por su índice de confianza, que ha caído hasta el 48%.
Stéphane Rozes, director del sondeo, apunta que la mediatización de la intimidad del presidente choca a sectores tradicionales y legitimistas de la mayoría conservadora, como las personas mayores, y al electorado de sensibilidad demócrata cristiana.






